Chocolates Amatller
Estudio preliminar
 

El Quijote a través de las colecciones de cromos : Segrelles y Chocolates Amatller

"Hoy como ayer. . . chocolates Amatller" .

Con este slogan, repetido reiteradamente página tras página en el álbum, "Chocolates Amatller" presentaba en 1954 una colección de cromos que, mediante cromolitografía, reproducían a todo color ochenta ilustraciones de Segrelles. Este es, sin duda alguna, un buen ejemplo de como la industria chocolatera española había convertido en costumbre la inclusión de estampillas coleccionables en sus productos; así, se fomentaba la compra constante de la marca promocionadora. Pero este claro fin publicitario, respaldado incluso con la inserción de una breve historia de "Chocolates Amatller S.A.", se combina con cierta intención pedagógica. En este sentido, las dimensiones de los cromos (75 mm. X 110 mm.) permiten incluir en la parte posterior de cada ilustración el correspondiente pasaje explicativo de El Quijote.

Realizadas entre 1928 y 1934, e incluidas en la edición que Espasa-Calpe realizó de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha en 1966, estas ilustraciones recogen el particular estilo del pintor e ilustrador  Albert José Segrelles, nacido en Albaida (Valencia) en 1885. Formado con el pintor de historia José Ramón Garnelo y Alda, Segrelles desarrolló una amplia carrera como ilustrador en distintas editoriales barcelonesas, destacando sus ocho planchas en color para la adaptación de los Cuentos de Hoffmann (1922) y las ilustraciones para La Celestina de Fernando de Rojas (1946).

En el caso de las realizadas para El Quijote, Segrelles tiende a organizar las escenas con pocos personajes que llenan toda la composición. De hecho, en algunos episodios, el espacio únicamente viene sugerido por escasos elementos vegetales o arquitectónicos e, incluso, hay ocasiones en las que los fondos llegan a desaparecer o, más bien, a confundirse. En este sentido, Segrelles reproduce magistralmente la confusión entre realidad y fantasía que experimenta don Quijote. De este modo, los molinos son a la vez gigantes (n° 8); los cueros de vino son también enemigos ensangrentados (n° 28); algunos de los actores del carro de la muerte parecen auténticos espectros (n° 48); y la propia locura de don Quijote, representada mediante una violenta confusión de formas y colores, se manifiesta en el ataque a los titiriteros (n° 58). Incluso, si ha de elegir entre realidad o imaginación, Segrelles opta por ésta última. Así, don Quijote no vela sus armas en una venta, sino en un castillo (n° 4); los rebaños de ovejas no son tales, sino fieros ejércitos (n° 16); y, por supuesto, Dulcinea es una bella dama ricamente engalanada (n° 47). Lo fantástico, en otros casos, alcanza niveles próximos a lo surrealista o a lo onírico, caso de la "fantasmagórica" aparición de la asturiana en la venta (n° 13).

Los elementos de los que se sirve Segrelles para recrear estas locuras quijotescas son, por lo general, las composiciones dotadas de gran movimiento, inestables y violentas, y, sobre todo, el empleo de colores fuertemente contrastados y llamativos (amarillos, azules, verdes, etc.). De este modo, aunque Segrelles también demuestra un uso luminoso del color, lo cual le aproxima a la pintura valenciana, en las escenas predomina la utilización dramática del claroscuro. Sirva como ejemplo la ilustración de la muerte de Alonso Quijano (n° 80), cuya figura aparece iluminada por un haz de luz que rompe diagonalmente la escena, dividiéndola por completo en una zona de mortecina claridad y en otra de sombras. Dualidad que, sin duda alguna, es la característica que mejor define las ilustraciones de esta colección de cromos.

Fernando González Moreno