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José Ramón López de los Mozos
UNA CRUZ CAMINERA EN LAS CERCANÍAS DE MARANCHÓN (Guadalajara): LA "CRUZ DE HIERRO". POSIBLES ORÍGENES DE ESTE TIPO DE CRUCES
Actas del I Congreso Internacional de Caminería Hispánica. Tomo I, pp. 471-476

A dos kilómetros escasos de la villa de Maranchón, siguiendo la carretera que conduce al pueblo soriano de Arcos de Jalón, a 1.363 m. de altitud sobre el nivel del mar y muy próxima al Alto de San Sebastián, se encuentra la Cruz de Hierro (1).

Se trata de un sencillo monumento que, en la actualidad, consta de una base de piedras de forma circular que sustenta un mástil de varios metros de altura (unos 4 ó 5) rematado por una pequeña cruz de hierro. Su origen según la tradición se pierde en los tiempos.

Nuestra intención ahora es tratar de ofrecer una explicación del porqué de este sencillo monumento viario. Para ello nos fijaremos en algunos aspectos a considerar.

La Cruz de Hierro se encuentra junto a la cuneta de la actual carretera (una carretera que anteriormente sirvió de camino carretero que desembocaba en la vía romana de Emerita a Caesaraugusta, posterior Camino Real y actual N-II).

Se alza en lo alto de un puerto, casi en el límite de dos provincias (Guadalajara/Soria) y dos términos municipales (Maranchón/Layna), aunque en la antigüedad separase dos zonas geográficas netamente diferenciadas que la misma Cruz se encarga de señalar, "mirando" cada una de sus caras a una distinta vertiente hidrográfica: Tajuña/Jalón.

Hasta aquí algunas notas referidas a la materialidad de la Cruz.

Sin embargo, creemos que el origen no estriba única y exclusivamente en servir como señalización y recordatorio religioso y protector de los caminantes, carreteros, trajinantes y recueros mercaderes. Quizá eso sea hoy o, mejor dicho, haya sido en siglos pasados, tras haber sufrido un proceso de paulatina cristianización. Este tipo de cruces tiene su origen, al menos muchas lo tienen, en montones de piedras que iban dejando a su paso los caminantes llegando a formar lo que se denominaron Montes de Mercurio, dios de los caminos y cuyo nombre, Hermes, significa "intérprete" o "mediador" por lo que también tiene la misión de conducir las almas de los muertos (2).

"[...] Los llamados Montes de Mercurio de naturaleza celta, con los que los caminantes señalaban, mediante montoncitos de piedra, lugares estratégicos de los caminos y que luego se cristianizaron con cruces [...]" (3).

En realidad todo esto no es más que la expresión humana de cierto miedo hacia lo desconocido, hacia los dioses manes -el espíritu de los difuntos- que de forma nada casual pueblan los caminos, especialmente las encrucijadas y los "puertos" o lugares elevados, allí donde puedan reclamar otros espíritus -otras almas- , según el sentido de las palabras de Macrobio: "Las cabezas se salvan con cabezas" (4).

Constantino Cabal explica los orígenes de este hecho de la siguiente manera: "El alma reclamada por los manes era tan alma en el hombre como en el corderillo y en la piedra. El espíritu era uno donde quiera que estuviese y el mismo en todas las cosas bajo una forma distinta. Si el muerto lo reclamaba, o para remediar su soledad o para calmar su hambre, )a qué darle el espíritu de un hombre, si con sacrificar un animal se le daba un espíritu también, de naturaleza idéntica?" (5).

Es decir, encontramos en esta breve explicación, algo importante para nuestro trabajo: que según este sistema típicamente "animista" el "alma" de una piedra puede servir como sustituta a cambio de otra humana, por eso para algunos pueblos trae mala suerte dar patadas a las piedras. Por lo tanto, encontramos quizá la solución al porqué los cristianos, peregrinos y caminantes, depositaban piedras a los pies de las cruces.

Se trata, pues, de un sustitutivo de los primeros sacrificios humanos y, más aún, del miedo que el propio hombre tenía hacia ellos, pensando que en alguna ocasión tal vez fuese él la víctima propiciatoria, el ser ofrecido einmolado.

Vemos así que la piedra es la ofrenda.

En realidad pensamos que se trata de un sistema económico ya que no es necesario perder hombres -que son brazos para el trabajo o guerreros en el combate- en sacrificio a los dioses cuando pueden sacrificarse "espíritus", "almas" de animales y piedras, que producen los mismos efectos.

Pero el miedo al "dios" y en general a lo desconocido y a lo que piensa el hombre que es lo divino, siempre ha existido y, por si acaso, ha ofrecido su sacrificio a lo largo de los tiempos, desde la más remota antigüedad, hasta los tiempos actuales.

Cristianismo -a través de la Cruz- y mal llamado "paganismo", se dan la mano en este monumento sencillo pero importantísimo a la hora de interpretarlo, de analizar sus funciones, desde el punto de vista etnográfico. Un "Monte de Mercurio" que sirve de base a una significación posterior, actual, cristiana o cristianizada, y siempre junto al camino.

Fuera disquisiciones más o menos metafísicas y siguiendo a Cabal, diremos que "A Mercurio, en los caminos y a modo de sacrificio, se le amontonaban piedras, que eran refugio de los manes" (6).

Y es que el origen de estos túmulos de piedras está junto a los caminos sirviendo para cubrir el cuerpo de los cadáveres: "Pero todos los muertos -seguimos a Cabal-, bajo el túmulo, reclamaban otros muertos, y se les ofrendaban sacrificios, aún en los tiempos históricos. En cada piedra del túmulo había además un espíritu, y añadir a estas piedras otras piedras, era añadir otro espíritu y responder a las ansias de cuantas vigilaban el sendero. Así, cada transeúnte, para evitar que los muertos le arrebatasen el suyo con alguna enfermedad, colocaba en el túmulo una piedra y aumentaba de este modo la muchedumbre de almas que había en él" (7).

Por lo tanto y sacando consecuencias de cuanto se ha manifestado, nos daremos cuenta de que en el túmulo coinciden varios elementos, algunos recogidos más arriba: "[...] Era el límite de la finca; señalaba el camino al transeúnte; se formaba entre el cielo y el infierno; amontonaba las almas, protegía y engendraba todo lo que era vida en la heredad; [...]" (8).

¿No es esta la configuración de la "Cruz de Hierro" de Maranchón, según se ha visto?

A pesar de que en la actualidad los escasos transeúntes, la mayor parte motorizados, ya no arrojen piedras a la base de la cruz )No nos encontramos en este caso con la representación de un acto consistente en arrojar fuera de sí todo aquello impuro, el pecado; o molesto, el miedo a lo desconocido divino o religioso? )No se trata de sacar lo peor de nosotros mismos o de nuestros allegados a través de un sistema psicológico, de una especie de magia simpatética, y dejarlo, arrojarlo, a los pies de la cruz?

Se unen en este instante aspectos relativos al mundo de ultratumba, al que se pretende dar sentido, cristianizándolo.

Para tratar de explicar este tema de los dioses manes nos serviremos de algunas manifestaciones etnográficas, especialmente influenciadas por el mundo céltico (Galicia, Asturias, Cantabria, ...) con el fin de que puedan servirnos como complemento a la explicación que sobre el posible origen de este tipo de cruces de caminos hemos dado.

Debemos, por tanto, echar mano de aspectos tan interesantes culturalmente como el de la "Santa Compaña", también conocida como "Güestia" o "Estantigua" (Hueste antigua), como hechos relacionados con las "almas" de/y en los caminos, encrucijadas, puentes y otros lugares de tránsito, y que forman en conjunto un sistema de equilibrio entre la "superstición" y la "realidad", entendiendo por lo primero aquello que "sobre-está", es decir, aplicado religiosamente, la adoración o creencia hacia lo que no es adoración o creencia general -o sea, la que es extraña a la mayoría-, y, teóricamente, según algunos manuales y diccionarios al uso, lo contrario a la razón (realidad). Es decir, Aberglaube o miedo a lo desconocido y misterioso.

Precisamente, refiere el profesor Rof Carballo, citando un Almanaque de Galicia, editado en Lugo en 1866 por Soto Freire y cuyo autor fue Claudio Cuveiro, algunos "cuentos" al amor de la lumbre: "Hay una hora en la noche, la más triste y fatídica; en ella los espíritus, fantasmas y visiones dejan sus ocultas moradas y vienen a este mundo a expiar sus culpas, bañando de terror las mentes de los sencillos labradores. Esta hora está entre nueve y diez. De aquí el adagio gallego que tan bien observan los hijos del país:

Entre las nueve y las diez
deja la noche para quien es.

Y, en efecto, poco después de las nueve, empiezan a distinguirse en lontananza multitud de luces que, pausada y majestuosamente caminan sin rumbo ni dirección fija.

Apenas estas luces se divisan en la aldea, cuando un pánico terror se apodera de todos los vecinos, atráncanse las puertas, cada uno se encomienda al santo de su mayor devoción y entre la consternación y espanto general escúchanse las voces de: (a compaña! (a compaña!" (9).

"Almas en pena" procedentes de cultos antiguos, luego cristianizados, que van en procesión y que tratan de incorporar a quienes encuentran a su paso.

Nuevamente observamos otro aspecto de interés: la "Santa Compaña" es una muchedumbre de "almas en pena" que camina procesionalmente bajo las sombras de la noche. Es decir, que aprovecha la oscuridad para actuar. El hombre que debe salir obligatoriamente por la noche, tiene miedo: primeramente, a la misma oscuridad, y en segundo lugar, a los desconocidos seres que la pueblan (aunque sean imaginarios). Algo semejante ocurre con la "Cruz de Hierro" de Maranchón, a la que el caminante ofrecía una piedra -un "alma"- más al conjunto de las ya existentes. Una muchedumbre de piedras-alma que en cualquier momento, especialmente por la noche, pueden cobrar vida y tornarse peligrosas, provocando enfermedades, pérdidas económicas, destrucción de cosechas, extravíos, desgracias, en general, y hasta la misma muerte.

Es, en resumidas cuentas, una liberación del subconsciente ante el hecho de la muerte y, por lo tanto, un retorno al vientre de la Tierra Madre, la Gran Madre, Diosa Blanca, que igual que concede que nazca la Humanidad, la devora al final.

Se trata, una vez más, de un antiguo culto ctónico, de un posible rito matriarcal, dominado más tarde por el signo de la cruz, sobresaliendo de entre las piedras del montón, sustentadoras, como mediadora entre la Tierra (Infierno) y el Cielo cristiano. Una especie de "axis mundi" regenerador del Hombre.

NOTAS

(1) Servicio Geográfico del Ejército. Cartografía Militar de España. Mapa General. Serie L. Escala 1:50.000. Maranchón. Hoja n1 23-18 (462). 10 ed. 1983. Punto geográfico 30TWL651463.

(2) CIRLOT, J.E., Diccionario de símbolos. Barcelona, 1991, p. 303.

(3) LUENGO, L.A., Los Maragatos. Su origen, su estirpe, sus modos. León, 1980, p. 130 y ss. Hace referencia a la "Cruz de Ferro" de Foncebadón (León). Otras referencias en VALIÑA, E., Caminos a Compostela. Guía. Vigo, 1971, pp. 66-67 y VV.AA., El Camino de Santiago. Confederación Española de Cajas de Ahorros. Barcelona, 1971, pp. 192-193.

(4) MACROBIO, Saturn, 1, VII.

(5) CABAL, C., "Mitología Ibérica", en Folklore y Costumbres de España, Tomo I. Barcelona, 1934, p. 182 y ss.

(6) Idem, op. cit., p. 184.

(7) Idem, op. cit., p. 185.

(8) Idem, op. cit., p. 186.

(9) NOVOA SANTOS, R. y ROF CARBALLO, X., A Santa Compaña, Madrid, 1975, p. 23 y ss.