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María del Mar Graña Cid
(Universidad Complutense de Madrid)
RELIGIOSOS IN VIA. FRANCISCANOS Y CAMINOS EN CASTILLA LA NUEVA (1215-1550)
Actas del I Congreso Internacional de Caminería Hispánica. Tomo II, pp. 127-148

A mi buen amigo Antolín Abad,
franciscano viajero

1. INTRODUCCIÓN

La localización de la Meseta en el centro de la Península Ibérica ha determinado su papel de zona de paso y encrucijada de culturas diversas desde los tiempos más remotos, papel que se vio facilitado además por la generalmente buena disponibilidad del medio geográfico para las comunicaciones. Estos rasgos característicos pueden apreciarse a ambos lados del Sistema Central, aunque, sin duda, ha sido en la Submeseta Sur donde resultaron más determinantes de su peculiar desarrollo histórico (1). Sobre todo en la Edad Media, la impronta militar marcó con su sello distintivo la vida desarrollada a lo largo y ancho de este extenso territorio al verse supeditado durante un buen período de tiempo al clima de inseguridad imperante por el hecho de hallarse lindando con la frontera. Además de los condicionamientos físicos, estas específicas circunstancias históricas determinaron que la movilidad fuese otro de los rasgos característicos de sus pobladores. Las vías de comunicación más importantes que han surcado sus tierras se conocen, gracias a ello, bastante bien, pero todavía se precisan estudios detallados con vistas a trazar los itinerarios secundarios que completaban el entramado principal. Es de esperar que durante un congreso de las características de éste que hoy nos reúne se puedan ir poniendo en claro algunos de los puntos oscuros que presenta el tema.

Mi aportación está relacionada con lo sobredicho, pero su orientación es diferente. En relación con los caminos hay una cuestión que me parece más importante que ninguna y que apenas ha sido tratada hasta el momento; me refiero a todo lo concerniente a las relaciones entabladas entre las vías de comunicación y los hombres que las transitaban, pues son esas relaciones, en definitiva, las que otorgan sentido al análisis de la red viaria. A este respecto, las posibilidades de estudio son múltiples y variadas y ofrecen un campo de actuación amplísimo. Entre las diversas opciones a elegir destacan los colectivos sociales que presentan por definición claros rasgos de itinerancia. Uno de esos colectivos -y, concretamente, uno de los que alcanzaron mayor peso específico sobre los hombres de la Baja Edad Media- fue el constituido por los religiosos franciscanos. La movilidad de los frailes mendicantes -principalmente franciscanos y dominicos- constituye sin lugar a dudas uno de los rasgos más originales aportados a la vida religiosa regular de la Edad Media. La pobreza que en principio habían de observar los obligaba a ir de puerta en puerta pidiendo limosna para subsistir; la lucha contra la herejía y la difusión del Evangelio eran objetivos prioritarios de las nuevas órdenes que sólo podían alcanzarse mediante el ejercicio de la predicación itinerante. La nueva religiosidad propugnada por Francisco de Asís y Domingo de Guzmán no podía entenderse sin un contacto directo con los hombres, y sobre todo con los hombres de ciudad, en oposición a la tradicional reclusión de las órdenes monásticas. A causa de ello, los religiosos mendicantes, y muy especialmente los franciscanos, son denominados frailes "in via", itinerantes por definición, y de ahí también el interés que ofrece desentrañar los lazos existentes entre sus conventos y las vías de comunicación de una región dada (2).

Dicho interés se multiplica en una zona como ésta, para la que importantes estudiosos han venido a poner de manifiesto el carácter "más itinerante que sedentario" (3) del franciscanismo allí implantado, con un grado de dinamismo mayor que en otras áreas. Por si ello fuera poco, al iniciar la recopilación de datos pude comprobar que la presencia franciscana fue en el conjunto de Castilla la Nueva mucho más importante que la dominica atendiendo al número de fundaciones conventuales efectuadas desde el siglo XIII (4), de modo que forzosamente debieron ser los Hermanos Menores los religiosos que más se movieron por sus caminos.

Con estas apreciaciones quedaría debidamente justificada la elección del tema. Tan sólo me resta dejar constancia de mi agradecimiento al Padre Antolín Abad Pérez, que en un primer momento me sugirió centrar el trabajo sobre las fundaciones reformistas franciscanas y que, cuando decidí ampliarlo al conjunto del franciscanismo medieval de la zona, me prestó toda serie de facilidades y siguió con enorme interés su redacción.

2. ESTABLECIMIENTOS FRANCISCANOS Y VÍAS DE COMUNICACIÓN

La vinculación entablada por los frailes con los caminos que transitaban puede considerarse a la luz de diversos puntos de vista que ofrecen una realidad múltiple y de facetas distintas a las que podemos otorgar mayor o menor relevancia. Dos son los aspectos que considero especialmente dignos de ser destacados en un trabajo que, como éste, pretende aportar una visión general y globalizadora. Se trata por una parte de esclarecer de qué índole fue ese contacto con los caminos a gran escala, en relación con las estrategias fundacionales de la Orden y los intereses diversos que cristalizaban en la instauración de nuevas casas religiosas, para terminar trazando sobre el mapa la red conventual y cotejarla con la red viaria de la zona. Por otra, y tras el macroanálisis, el estudio más detallado de algunos casos concretos, a través del cual determinar la trayectoria seguida por la doble fuerza de atracción e irradiación ejercida sobre el medio circundante por los nuevos establecimientos, así como las principales vías empleadas para ello.

2.1. Las trayectorias de la implantación

Refiere la tradición que Francisco de Asís viajó a los reinos peninsulares el año 1214 con el doble objetivo de peregrinar a Santiago de Compostela y salvar luego el Estrecho para predicar a los infieles del Norte de Africa. Durante su recorrido, el "Poverello" pasaría por algunos lugares donde después se levantarían conventos de su Orden. En la mayor parte de los casos se trata sólo de suposiciones sin la menor base histórica, pero sí es cierto que algunos de sus primeros discípulos cruzaron los Pirineos a partir de 1217 y se fueron instalando a lo largo y ancho de la geografía hispana (5). Dos fueron al parecer los puntos de referencia que guiaron estos primeros pasos: Compostela y la ruta jacobea de un lado y los reductos que todavía permanecían en manos de los infieles de otro.

La primera noticia tocante a un establecimiento franciscano en Castilla la Nueva nos la proporciona Toledo, donde al parecer se habían instalado los frailes en 1219. Con posterioridad se tienen documentados en Atienza, Madrid, Molina de Aragón y quizá Talavera de la Reina y Guadalajara (6). Intentar desentrañar la dinámica de estas fundaciones iniciales nos lleva a relacionarlas necesariamente con dos aspectos decisivos de aquellos años, la reconquista de Andalucía y la repoblación al sur del Sistema Central.

La atracción ejercida por el Sur constituyó sin duda el principal mecanismo activador del complejo engranaje de la actividad fundadora de conventos. Se contaba para ello con las vías de comunicación idóneas y sorprende la facilidad con que se comprueba que por ahí precisamente debieron llegar a la Meseta Sur los frailes atraídos por la llamada de las misiones. En efecto, la instalación en Toledo permitía crear una plataforma de predicadores que, simultáneamente o no a la acción de los ejércitos cristianos, sentaran las bases de la cristianización de Andalucía. Para llegar a la ciudad del Tajo desde el Norte no hacía falta más que seguir cualquiera de las transitadas rutas militares que cortaban las sierras centrales o que seguían la depresión Henares-Jalón (7); desde allí hacia el Sur se tomaba necesariamente el importante camino que unía Toledo con Córdoba y que había constituido una de las espinas dorsales de la economía andalusí. Todo ello, sin olvidar que la franciscana era una orden eminentemente urbana y que Toledo era la ciudad más grande e importante de la región, explica que esta población fuera la avanzada de la instalación franciscana, que luego se iría completando cubriendo huecos entre el Tajo y las sierras centrales.

Pero no debería desecharse tampoco otro aspecto decisivo que debió condicionar la marcha de las fundaciones conventuales. Me refiero a las peculiaridades de la repoblación de Castilla la Nueva, una repoblación que realmente no se consolida hasta el siglo XIII (8). No deja de ser significativa la coincidencia del reforzamiento de la instalación cristiana con la extensión de los frailes, máxime cuando en la zona la presencia del monacato tradicional era bastante más escasa en relación con otros lugares, ni tampoco la similitud existente entre la disposición de las trayectorias fundacionales y la orientación general de la región. En efecto, la dirección seguida por los nuevos establecimientos mantuvo en buena medida un eje Norte-Sur, cristalizando en una serie de líneas paralelas que cortaban la zona en sentido vertical. No hacían más que adaptarse a la orientación preponderante de las principales vías de comunicación y a la misma disposición de las villas y sus alfoces, que con frecuencia eran largos y estrechos. A partir de todo ello se infiere una intencionalidad en la política de fundaciones con vistas a aprovechar la infraestructura viaria, pero también a asentarse preferentemente en poblaciones importantes o en trance de crecimiento que podían llegar a satisfacer la vocación urbana de los mendicantes y cubrir sus necesidades más perentorias. El caso más llamativo es sin duda el de Toledo, pero junto a él hallamos una serie de poblaciones de importancia estratégico- militar localizadas en zonas donde se estaba produciendo una reactivación económica de considerables consecuencias. Así, los frailes se ubican en algunos de los concejos más importantes en esta primera hora de la repoblación, como Atienza o Molina de Aragón, aunque destaca sobre todo el eje constituido por el camino que unía el valle del Tajo con el del Ebro (9) -uno de cuyos nudos principales era Guadalajara-, impulsado por la monarquía mediante una generosa política de concesión de ferias (10). En otros casos optan por dirigirse hacia puntos estratégicos como Madrid que se verían espoleados por la creciente importancia de los contactos con Castilla la Vieja y por el desarrollo económico de la ruta Henares-Jalón (11).

Sin embargo, el número de fundaciones constatado es bastante escaso y seguirá una línea descendente a lo largo del siglo XIV. Pese al indudable desarrollo económico alcanzado a mediados del siglo XIII, la región no había desplegado aún todo el potencial de que disponía. Con posterioridad se dejó sentir la crisis del XIV, que afectó grave y decisivamente al ritmo de expansión franciscana. Sólo así nos explicamos la notoria disminución del número de fundaciones durante estos años, mas, en cualquier caso, los intereses manifestados son los mismos. Los frailes rematan su presencia en poblaciones importantes instalándose en Cuenca -es probable que hubiesen llegado allí a finales del XIII, pero no se tiene bien documentado- y en otras de cierta actividad económica, generalmente centros feriales como Huete, o en núcleos urbanos en los que habían comenzado a incrementarse los intercambios comerciales al iniciarse el siglo XIV y que no experimentan su auténtico despegue hasta finales de la centuria, como Ciudad Real (12), que constituía también un importante nudo de comunicaciones.

La auténtica "edad de oro" de la implantación franciscana en Castilla la Nueva no se producirá hasta la segunda mitad del siglo XV y primeros años del XVI coincidiendo con el verdadero despegue económico de la región. Por entonces se había concretado de manera definitiva la vocación ganadera de la misma, plasmada en el aumento del número de cabezas de ganado trashumante, a lo que habría que añadir el paralelo incremento de la producción textil y de las relaciones comerciales, todo lo cual otorgó a la zona rasgos de gran dinamismo y propició la consolidación de ciertas rutas que, aunque por lo general preexistentes, se ven ahora más transitadas que nunca. Cabría destacar además que buena parte de las nuevas fundaciones se deben a la iniciativa de una nobleza protagonista de un intenso proceso de señorialización de estas tierras desde mediados del siglo XIV, deseosa de dar signos externos de prestigio demostrando su magnificencia en costosas construcciones o en obras de piedad, e identificada muy estrechamente con los postulados espirituales defendidos por el franciscanismo.

Observando el mapa se aprecia cierta predilección por varios sectores concretos. En primer lugar, destaca una evidente concentración de fundaciones a lo largo de una franja de orientación SO-NE, dispuesta en buena medida en función de la antigua vía Mérida-Zaragoza, sin ningún género de dudas la arteria más importante de la región. Dicha franja no es de carácter compacto ni homogéneo y los establecimientos aparecen más o menos concentrados según las zonas. En el extremo más oriental se documentan fundaciones en torno al triángulo constituido por los caminos Toledo-Zaragoza, Toledo-Cuenca y Cuenca-Burgos (13); en la importancia del primero no hace falta insistir de nuevo y, en cuanto a los otros dos, baste señalar que ponían en contacto a algunos de los más importantes centros de producción y exportación textil, como Cuenca, bien con otros núcleos de Castilla la Vieja, o bien con las ciudades de la Meseta Sur. Este triángulo estaba cruzado además por las cañadas soriana y conquenses. En el centro, las preferencias se dirigen hacia lugares muy próximos a Toledo y en menor grado también a Madrid, pero por lo general coinciden en acercarse a los caminos Toledo-Madrid-Burgos y Toledo-Avila-Medina, fundamentales asimismo para los intercambios al Norte del Sistema Central. Por último, en el sector más occidental se instalan de nuevo en Talavera, lugar de paso de la cañada leonesa y nudo importante de la arteria Mérida-Zaragoza y de las vías hacia Andalucía occidental, completando su tarea con la fundación de Oropesa.

Estas fundaciones del siglo XV, además de los rasgos ya apuntados, se caracterizan por insertarse en un nuevo contexto religioso, el de la reforma. Es por ello que en su mayor parte estarán adscritas a la Observancia, que se había ido extendiendo progresivamente por los reinos hispanos. El fenómeno obedece a motivaciones de estricta índole religiosa, pero efectuando un análisis topográfico del mismo pueden entresacarse algunas interesantes conclusiones. En primer lugar, determinadas ciudades disfrutan de una segunda fundación franciscana a partir del siglo XV que suele convivir durante un tiempo con la primitiva casa de conventuales hasta que éstos terminan absorbidos por los recién llegados, incluyéndose también dentro de la corriente reformista. Por lo general, se trata de núcleos urbanos de cierta envergadura, ya que podían permitirse el lujo de mantener una nueva comunidad de mendicantes. Esto es al menos lo que sucede en Toledo hacia 1450 (14) y en Talavera en 1494. No hace falta volver a insistir en la importancia de la sede del arzobispado, perfectamente conocida por todos (15); en cuanto a Talavera, quizá habría que otorgar más peso a lo que fue una decisión personal del arzobispo de Granada, fray Hernando de Talavera, deseoso de establecer una casa de franciscanos observantes en su villa natal. Sin embargo, aunque se trataba de una villa de pequeñas dimensiones con clara vocación agrícola y ganadera, se había convertido a finales de la Edad Media en la población más importante de la comarca gracias a su localización privilegiada en el entramado de las vías de comunicación y las cañadas mesteñas (16), razones que inclinan a pensar que podía albergar cómodamente un nuevo convento.

En otros casos, son los nobles quienes eligen el emplazamiento de la nueva fundación. Puede ser que, en ocasiones, éstas fueran fruto del capricho individual de sus promotores o de intereses específicos, pero también por lo general se aprecia una lógica. Si bien no contamos con más localidades en el interior de las cuales se establezca un segundo convento, sí podemos distinguir en el mapa algunas en cuyas inmediaciones se instalan los frailes, destacando en este sentido el eje Guadalajara-Alcalá- Madrid-Toledo. Estos nuevos establecimientos en las proximidades de ciudades más importantes que ya contaban con una fundación anterior actúan como complementarios de las mismas. En esta línea creo entender la fundación de Pinto, en la tierra de Madrid, o todo el rosario de nuevas casas en torno a Guadalajara y la reciente de Alcalá: Pastrana, Mondéjar y Escamilla, junto a La Salceda -Tendilla- y Alcocer, por ejemplo.

Por lo general, el progresivo desarrollo económico había incentivado el crecimiento de ciertos núcleos de población otrora más rurales que urbanos, como Cifuentes (17), que hasta finales del siglo XV no llega a tener capacidad para mantener una comunidad de franciscanos. En otras ocasiones, antiguos puntos estratégicos con gran peso específico en los primeros tiempos de la reconquista, como Escalona, no presentan "formas burguesas" hasta el siglo XV (18), lo cual también explica que se produzca a partir de entonces la fundación conventual, y es muy probable que algo semejante pudiera decirse de Torrijos.

Caso aparentemente aparte es el de las fundaciones franciscanas de carácter eremítico, incluidas en el contexto más amplio de la Observancia, pero con personalidad propia. Lo que se pretendía era volver a la pobreza más rigurosa practicada por el Santo fundador y organizar las comunidades de frailes al estilo de la primera, la Porciúncula, donde la penitencia y el espíritu de retiro habían primado sobre otros aspectos que con posterioridad habían desviado la trayectoria de la Orden (19). El resultado fue la fundación de una serie de casas apartadas en las que se pusieron en práctica dichos ideales.

El primer eremitorio castellano se fundó en tierras de Guadalajara. Se trata de La Salceda, establecido por fray Pedro de Villacreces, al que seguirían La Cabrera -1400-, El Castañar - 1415-, Ocaña -1420- y La Oliva -1445- (20), entre otros. Estas casas se asientan en lugares retirados de los núcleos de población, normalmente zonas escarpadas o montañosas, aprovechando en muchas ocasiones las edificaciones de antiguas ermitas. A primera vista se trataría de una nueva faceta, eminentemente rural, de un franciscanismo que hasta entonces había mostrado preferencia por las ciudades. Sin embargo, un análisis más detenido pone de manifiesto que tales eremitorios no se hallaban muy alejados de la principales corrientes comerciales, sino, muy al contrario, quizá demasiado próximos a las grandes arterias de comunicación regionales. Volviendo al mapa se comprueba por ejemplo que La Salceda estaba muy cerca de Guadalajara y Alcalá; La Cabrera prácticamente en el camino Toledo-Madrid-Burgos y junto al transitado paso de Somosierra; La Oliva y El Castañar a escasa distancia de Toledo, la primera en el tramo Toledo-Madrid del camino anterior y la segunda muy cerca del camino Toledo-Córdoba; el convento de Ocaña, a poca distancia de esta población, no podía dejar de acusar la cercanía del camino Toledo-Cuenca, otro de los más importantes, ni las relaciones intensas que la villa mantenía a lo largo de un amplio eje Norte-Sur (21).

Estas fundaciones eremíticas fueron impulsadas también en su mayor parte por una nobleza cada vez más poderosa al sur del Sistema Central, hasta el punto de que las nuevas casas suelen coincidir con lugares de señorío (22). Sería sugestivo desentrañar el motivo del interés de estos nobles en fundar donde lo hacían en relación con las comunicaciones y el control ejercido sobre las mismas en el marco de sus respectivos señoríos, sin olvidar tampoco sus intereses ganaderos y la posible conexión entre éstos y las casas de franciscanos, que en numerosas ocasiones se instalan en lugares estratégicos de paso del ganado trashumante (23). Me conformo con apuntar aquí estos temas a falta de tiempo y espacio para desarrollarlos, cosa que confío poder hacer en el futuro.

El entramado conventual se dibuja con claridad a la vista de los datos recabados. En el extenso mapa de Castilla la Nueva las fundaciones franciscanas se concentran entre el Sistema Central y los Montes de Toledo, siendo notoria la escasez de establecimientos en el sector más meridional de La Mancha, donde probablemente debió ser decisivo el casi nulo nivel de urbanización alcanzado, el hecho de constituir más bien una zona de paso, sin gran peso específico sobre el resto de la región, así como el estar controlada por las órdenes militares, que, si bien promovieron algunas fundaciones, no mostraron nunca el mismo interés por los franciscanos que la nobleza laica, más extendida en el ámbito septentrional. En el marco del sector más solicitado destaca la ya señalada proximidad de los establecimientos al camino Mérida-Zaragoza, en torno al cual se produce una cierta concentración.

La red resultante es bastante densa en lo que concierne a este área y se halla casi perfectamente imbricada con las principales vías de comunicación, un fenómeno constatado en otros ámbitos (24). Sin duda, el núcleo referencial de todo el entramado es Toledo, la ciudad más importante de todas, en la que los conventos franciscanos podrán desarrollar sin ninguna traba su tarea predicadora y mendicante, convirtiéndose en importantes focos difusores, pero también de atracción, como demostraré después. A ensalzar este papel relevante contribuyó la misma disposición de los caminos, que en esta época confluían en la capital del Tajo y sede del arzobispado. A bastante distancia le seguía Guadalajara y, durante los últimos tiempos del Medievo, Alcalá (25) y Madrid.

La distancia entre los conventos a comienzos del XVI se caracteriza, además, por una cierta regularidad, primando una media aproximada de 30 km. Según ciertos autores, distancias de 25-30 km podían cubrirse a pie a lo largo de una jornada con relativa facilidad durante la Edad Media (26), cuanto más en asno o mulo. Por ello, da la impresión de que muchos de los asentamientos bajomedievales podrían actuar como etapas intermedias en largos recorridos entre unos conventos y otros que facilitasen de este modo el viaje a los frailes. No quiero decir con esto que ése sea el verdadero motivo que impulsa ciertas fundaciones, pues habría que contar con el intervencionismo nobiliario ya citado. Sin embargo, tampoco se puede pasar por alto la coherencia que preside el fenómeno de la implantación franciscana en Castilla la Nueva desde el siglo XIII. Esta se dirige claramente hacia los centros neurálgicos económica y estratégicamente hablando desde el primer momento, y lo que irá haciendo hasta el siglo XV es intensificar su presencia en la misma zona rellenando huecos intermedios en conexión con el desarrollo de nuevas rutas comerciales, nuevos núcleos de población, y nuevos caminos secundarios entre ellos. Con las nuevas fundaciones conseguían, además, hacer más llevadero el camino entre los conventos más grandes e importantes.

De esta manera quedaba organizada toda una infraestructura pensada para el apostolado itinerante. Pero, )cómo fue empleada?, )se aprovechó bien?

2.2. Un doble cometido: los conventos, focos de atracción e irradiación espiritual y científica

En un primer momento, la mayor parte de las fundaciones franciscanas se asentaban a las afueras de las ciudades, generalmente extramuros. Los motivos aducidos para explicar el fenómeno son diversos, pero no cabe dudar de la expresa voluntad de la Orden, pues esta localización brindaba a los frailes una mayor libertad de acción al no tener que depender de la apertura o cierre de las puertas de la ciudad y facilitaba su toma de contacto con el entorno más inmediato. Podían atender así espiritualmente tanto a los habitantes de la urbe como a los campesinos cumpliendo los ideales de Francisco (27), y, del mismo modo, se convertían en centros de acogida de más fácil acceso para los fieles.

Prácticamente todos los conventos de nuestra región buscarán, optando por una vía u otra, una localización que les garantice el cumplimiento de esta doble función, cuyo éxito vendrá probado por el extraordinario nivel de irradiación e influencia social que alcanzarán. Es frecuente que las comunidades se instalen extramuros junto a caminos o puertas importantes y de mucho tránsito. Por ejemplo, el primer convento de Talavera estaba junto a la ribera del Tajo y "en el camino que va de Talauera a la Puente del Arçobispo" (28), mientras que el de Guadalajara se hallaba a un lado del camino de Zaragoza, que salía de la ciudad por la puerta de Bejanque (29); el convento de Madrid estaba junto a la puerta de Moros (30), próximo al camino de Toledo. En otras ocasiones, las ansias reformistas que habían propiciado fundaciones algo más alejadas de las poblaciones se convirtieron en responsables indirectas de su fracaso. Así, el primer convento de Pastrana se instaló en un lugar cercano, Valdemorales, distante de la villa aproximadamente una legua, pero a los pocos años los frailes se mudaron a otro lugar más próximo; este último, también extramuros, estaba junto al camino de Guadalajara (31). A veces, la decisión del traslado podía llevar aparejado un cambio bastante más trascendente, la entrada en la villa. Es lo que sucede en Alcocer (32) y en la misma Toledo, donde la primitiva residencia de La Bastida, distante unos 3 km, se sustituye pronto por una nueva intramuros, hecho que repetirán los franciscanos observantes en el XV: vuelven a La Bastida y vuelven a abandonarla en favor de otro convento mejor situado, San Juan de los Reyes. Por lo que se refiere a los otros eremitorios, el hecho de que no se produjeran cambios me parece lo suficientemente significativo por sí solo de que el emplazamiento escogido satisfacía de sobra sus necesidades; según este enfoque, sin duda debían estar bien comunicados, pues de otro modo no hubiesen subsistido. Una vez dentro de las villas, o cuando desde el principio se elige un emplazamiento intramuros, es frecuente la localización en las arterias principales. El caso que considero más explícito es el del segundo convento fundado en Talavera, erigido "en el mejor sitio de la villa", muy cerca de la plaza mayor, que era la sede del mercado y zona de concentración de tiendas, talleres y mesones (33).

La atracción ejercida sobre los frailes por los puntos neurálgicos de las urbes, las puertas y los caminos más concurridos se explica por la propia finalidad de la Orden, concebida para la evangelización mediante la predicación y el ejemplo de la pobreza más absoluta, objetivos que sólo podían alcanzarse a través de un contacto estrecho con las masas. Noticias del ejercicio de la predicación itinerante las hay de sobra en las fuentes consultadas, aunque pecan de falta de detalle. Sin duda, la mayor concentración de predicadores se daba en los conventos de Toledo, tanto el de conventuales como el de observantes (34) y era muy frecuente que algunas villas contratasen a sus predicadores preferidos. Madrid consideraba su predicador oficial a un fraile de San Francisco de Guadalajara, fray Ambrosio de Montesino (35), que, por tanto, debía cubrir a menudo la distancia entre ambas villas. A Horche iban también los franciscanos de Guadalajara a predicar y confesar en Adviento y Cuaresma (36). Lo más normal era que los franciscanos residentes en una villa determinada ejercieran su ministerio por los pueblos del contorno, quizá por los que constituían el alfoz de la misma. Refiere Salazar que en Ciudad Real había muchos predicadores "porque la tierra es ancha, y casi todos los pueblos tienen los priores que llamamos curas de la Orden de Calatrava y asy, aunque son hombres doctos, gustan más de oyr predicadores de las Ordenes de Santo Domingo y de San Francisco, los quales todos viven en esta ciudad". Los veinte frailes que residían en Nuestra Señora de los Ángeles de Escamilla confesaban y predicaban por los alrededores, "que por ser serranía y algo estéril, carece de ministros suficientes". Fray Juan de Navarrete, a finales del XV, "no sólo predicaua en grandes pueblos y a mucha gente, en los púlpitos de las iglesias, mas también por las calles y plaças y por las aldeas, y en qualquiera lugar", mientras el beato fray Francisco de Torres predicaba a pastores y campesinos y se preocupaba de que "no jurasen ni maldixesen, y que no bailasen juntos hombres y mujeres" (37), entre otros muchos.

Pese a que en principio las fundaciones eremíticas se concibieron según un proyecto en el que tenía mayor cabida la vida contemplativa que la activa, se dieron algunas excepciones que me parecen especialmente llamativas. En efecto, en caso de necesidad no había más remedio que echar mano de estos frailes, más anacoretas que predicadores; es al menos el caso de San Antonio de la Cabrera, situado en un lugar muy agreste en el que casi no había parroquias, por lo que sus frailes se veían obligados a ejercer el ministerio por toda la comarca. Los frailes del eremitorio de Nuestra Señora de la Oliva se dedicaban casi en su totalidad a confesar y predicar por toda la zona, con tan gran provecho, "que aun al convento es tanta la gente que viene a confesarse que en esto se pone harto trabajo" (38). En estos casos se pone de manifiesto la necesidad de ahondar en un segundo nivel de análisis que contemple los caminos rurales, sendas y veredas empleados por los frailes en la evangelización del medio campesino, aspecto que dejo abierto a futuras aportaciones.

Junto al ejercicio del ministerio, la segunda función que mantenía a los frailes casi permanentemente ligados a los caminos era la necesidad de pedir limosna. En este caso, la dirección tomada era por lo general unívoca: hacia la ciudad, porque era allí donde podían conseguir más donativos. Los frailes de Nuestra Señora de la Esperanza de Ocaña vivían del pan que uno de ellos pedía en la villa (39), por ejemplo. Es de suponer que los eremitorios, donde se observaba la regla con más rigor, vivirían según la pobreza más estricta y que, por lo tanto, necesitarían echar mano de las limosnas para subsistir. A veces era difícil conciliar el pretendido alejamiento del mundo deseado por sus promotores con las prosaicas necesidades materiales, pues en principio el contacto con el exterior estaba muy controlado. Las ordenaciones regulaban la figura de muchachos encargados de ir por las limosnas "e por otras mensajerías cuotidianas de las cosas menudas" para que "non haya de salir el fraile a las aldeas e a las villas". Con todo, el reglamento debía incumplirse a menudo: en 1421, Martín V autoriza a los frailes de El Castañar a pedir limosna dentro del término de la diócesis de Toledo (40) y gracias a las Relaciones topográficas sabemos que los religiosos de La Oliva vivían de las limosnas que recolectaban por los alrededores (41).

Las comunidades de franciscanos no eran sólo una cantera casi inagotable de predicadores y pedigüeños itinerantes. Constituían un punto de partida, de irradiación de ideas y ejemplos, de espiritualidad, pero también un punto de llegada, de atracción. Se trata este último de un aspecto apenas estudiado pero que, según demostraré, alcanzó también gran trascendencia posterior. Según este punto de vista, cabría considerarlas como centros aglutinadores de caminos y caminantes, rectores de su propia micro-red de caminos. Dos son los aspectos principales que originan esa fuerza atrayente: por un lado, la instauración de estudios en algunos conventos y, por otro, la conversión de muchos de ellos en centros de piedad muy frecuentados.

Las casas de estudio eran uno de los focos de atracción con mayor poder de convocatoria sobre los miembros de la Orden, tanto conventuales como observantes. Algunos centros destacados se veían muy concurridos, como Toledo, bien en la casa de los conventuales primero, bien en San Juan de los Reyes después, donde se podía estudiar Teología y Artes (42). Otras casas de estudio fueron Talavera, Molina de Aragón, Mondéjar y Alcázar de San Juan (43) o La Salceda, uno de los lugares de preparación de franciscanos más importantes de la Provincia de Castilla (44); en Ciudad Real se podía estudiar Artes, en Huete Teología escolástica y en Torrelaguna Artes y Filosofía (45). San Francisco de Madrid tenía una cátedra de Gramática de la que podían beneficiarse todos los habitantes de la villa (46) y también tenían carácter abierto los estudios de Arte y Filosofía moral que se impartían en San Francisco de Guadalajara (47); por su parte, en el convento de Alcalá se fundó una cátedra de Latín que al parecer leyó Antonio de Nebrija y que luego se incorporaría a la Universidad, y también tenía estudios de Teología (48). Se comprueba el carácter abierto de algunos de estos estudios, algo que por lo general coincide con lugares importantes: Toledo, Guadalajara, Madrid y Alcalá, indiscutiblemente los puntos neurálgicos de la zona objeto de análisis, que debieron gozar de un gran poder de convocatoria, no sólo entre los propios franciscanos o el clero regular, sino también entre el clero secular e incluso los seglares. Complemento indispensable de los estudios eran las bibliotecas, también notables y numerosas en los conventos franciscanos, dándose el caso bastante frecuente de que las mejores se hallasen en las casas predilectas de las grandes familias nobiliarias, como Torrijos, creación de don Gutierre de Cárdenas y doña Teresa Enríquez; Guadalajara y La Salceda, impulsados por la familia de los Mendoza; Cifuentes y Oropesa, por sus condes respectivos; Ocaña, por los comendadores de Calatrava; o Torrelaguna, en este último caso gracias al cardenal Cisneros, su fundador, que era natural de la villa y se preocupó en todo momento por la buena dotación del convento.

Desde este punto de vista, las comunidades franciscanas constituían focos de atracción intelectual y científica destacados, pero necesariamente elitistas, ya que los estudios y las bibliotecas no estaban abiertos, como es lógico, a todo el mundo. Por ello, cabe contemplar estos aspectos desde una perspectiva restrictiva en la que asimismo se incluirían otros que citaré tan sólo de pasada. Así, por ejemplo, los conventos podían ser centros receptores en todo lo concerniente al funcionamiento interno de la Orden: eran visitados regularmente por sus superiores y podían llegar a ser en un momento dado sedes de los capítulos provinciales (49); en otras ocasiones, y por motivos diversos, a los conventos podían viajar figuras importantes del franciscanismo hispano, como fray Francisco de los Ángeles Quiñones, que fue a Torrijos para moderar la magnificencia con que se estaba construyendo, o el propio Cisneros, visitante asiduo de los conventos de la zona. En ocasiones se buscaban algunos conventos por ser lugares idóneos de retiro, tal y como ocurría en La Salceda, o por ejemplo en Escamilla, convento situado "a un buen trecho de la villa de Escamilla, por cuya razón huelgan muchos de viuir en él, por la soledad" (50), y también podía ocurrir que seglares de rango elevado se reservasen su propia habitación en algunos conventos que visitaban con más o menos regularidad. La reina doña Juana se retiró a un cuarto de San Francisco de Madrid, donde después sería enterrada (51); don Iñigo López de Mendoza, duque del Infantado, sentía predilección por el convento de San Antonio de la Cabrera, donde se construyó aposentos propios; Isabel la Católica visitaba asiduamente el de Nuestra Señora de la Esperanza de Ocaña, allí mandó hacer el llamado "cuarto de la reina", reformado después por Felipe II, etc. (52).

Con todo y con eso, la trascendencia de la fuerza atrayente de los conventos franciscanos no estriba tanto en estos motivos cuanto en otros que los acercaban mucho más al grueso de la población, entre la que llegaron a ser enormemente populares e incluso a convertirse en cita obligada de peregrinación. Se refleja con esto la faceta más propiamente social de un franciscanimso totalmente instalado en las mentalidades de su tiempo. Numerosos conventos eran famosos por sus reliquias, imágenes e indulgencias. Fueron muy visitadas las tres espinas de la Corona de Cristo que albergaba San Francisco de Atienza, las reliquias del mártir San Blas en Cifuentes o la cruz milagrosa de la Madre de Dios de Oropesa, entre otros. Las indulgencias pontífices concedidas a los peregrinos que fuesen a los conventos de Torrelaguna, Mondéjar y sobre todo San Juan de los Reyes de Toledo, que había recibido de Sixto IV privilegio de indulgencia plenaria a todos los que visitasen su iglesia el 6 de mayo (53), por citar algunos casos, fueron un incentivo poderoso para viajar a dichos conventos, que experimentaban una gran afluencia de visitantes. De hecho, el convento toledano "nunca se vaciaba de gente" (54). En otras ocasiones era la fama de santidad de algunos frailes la que atraía innumerables viajeros, deseosos de pedir consejo o de verse favorecidos por religiosos milagreros, como San Diego, cuya tumba en el convento de Alcalá era visitada por numerosos enfermos.

Sin embargo, los conventos convertidos en los centros devocionales más visitados fueron, paradójicamente, los fundados con intencionalidad eremítica. De nuevo en este caso concreto se manifiesta que el pretendido alejamiento del mundo de estos frailes no llegó a ser tal más que en contados aspectos. Cabría hablar de la fama de santidad alcanzada por unos hombres que se retiraban a vivir en la más rigurosa pobreza y que se castigaban con las más ásperas penitencias, lo que impulsaría a muchos a visitar sus lugares de residencia. Pudo ser así algunas veces y por eso hago referencia a ello, pero destacando que pareció darse una auténtica intencionalidad por parte de los mismos frailes, o de los promotores de las nuevas casas, al elegir los lugares de fundación. Sólo así se explica que se sirvieran de antiguas ermitas que muchas veces eran muy frecuentadas por los habitantes de la comarca por albergar imágenes a las que se tenía especial devoción. Tal era el caso de la ermita de Nuestra Señora de La Salceda, edificada por dos comendadores de la Orden de San Juan en acción de gracias a la Virgen, que según la leyenda se les apareció cuando durante una tormenta andaban perdidos por aquellas tierras; el de Santa María del Castañar o el de Nuestra Señora de los Ángeles de Escamilla; por su parte, debió ser la devoción que Juan II profesaba a la Virgen de Nuestra Señora de la Oliva el motivo que le decidió a fundar allí un convento de franciscanos observantes, etc. Coinciden todos los casos en la advocación mariana y en contar con una tradición de peregrinaje de la que se apropian los franciscanos recién llegados y que organizan a su manera, tradición que además se verá ratificada y reforzada en ocasiones por la concesión de indulgencias pontífices.

El resultado fue la intensificación de las visitas, hasta el punto que algunos conventos tuvieron que organizar su propia casa de hospedaje para los peregrinos que los visitaban. Es indudable que estaban bien comunicados, pero su carácter retirado debía hacer algo largo el trayecto a cubrir, de ahí la necesidad de hacer noche. Fray Pedro González de Mendoza edificó en La Salceda aposentos para seglares "porque ansí aya donde los seglares hallen hospedaje y caridad y los religiosos estén en su quietud y sosiego" (55); por su parte, los penitentes que iban a contemplar la imagen de Santa María la Blanca de El Castañar podían residir en el convento hasta tres días (56). Otra consecuencia del aflujo de peregrinos fue la ampliación de los conventos y de sus dependencias más inmediatas con el establecimiento a veces de todo un rosario de nuevas ermitas complementarias de la principal y erigidas en los alrededores. Así, la iglesia de Nuestra Señora de la Esperanza de Ocaña hubo de ampliarse en 1561 y no sólo eso, sino que además desde el convento y hasta la villa de Ocaña se organizó un camino salpicado de ermitas que recibía el nombre de "Via Sacra" o "camino de las Cruces" (57). En La Salceda se habían erigido varias ermitas separadas de la principal donde podían acudir los frailes que deseasen gozar de mayor soledad, y camino de Tendilla se construyó una bajo la advocación de San Diego Confesor donde se dice que estuvo Cisneros (58). Con el tiempo, el Monte Celia se va poblando de ermitas y se convierte en el Sacromonte que debía visitar el peregrino, siguiendo una ruta preparada ex profeso, antes de poder ver a la Virgen de la Salceda, en un ritual de hondo significado estético y espiritual (59).

Generalmente, los peregrinos que viajaban a estos lugares iban en grupo para hacer más llevadero el viaje y poder defenderse mejor en caso de peligro; era frecuente asimismo que lo hicieran sobre bestias. La leyenda cuenta la historia de un matrimonio residente en Navahermosa formado por el zapatero Pedro Gómez y su esposa Inés de Paredes, que salieron rumbo a El Castañar en una de estas expediciones. Durante dos días siguieron la ruta que los llevaba por las ruinas del castillo de Dos Hermanas, los bosques del Robledo, la Sierra Galinda, el caserío de las Navillas, el poblado de San Pablo de los Montes, e hicieron noche en la Torre de Jumela, en la villa de Menasalbas. Al día siguiente pasaron por Ventas con Peña Aguilera, donde un torreón indicaba el comienzo de la "vereda del fraile", siguieron por Cuerva y, por último, arribaron a El Castañar. Tras visitar el santuario, al querer regresar, se vieron incomunicados por una nevada que les impedía moverse y así transcurrieron varios días sin siquiera alimento. En este punto se produce el fenómeno milagroso, pues aparece un joven montado a caballo que lleva pan al convento y los salva a todos de morir de hambre. Cuando el matrimonio consigue regresar a casa, la Virgen ha salvado a su hijo, que por un error había permanecido solo en la vivienda durante todos aquellos días (60).

Sería interesante ahondar en los aspectos reseñados y poder seguir con mayor detenimiento la trayectoria dibujada por el influjo espiritual emanado de los conventos franciscanos y sus repercusiones sobre los distintos medios sociales. El escueto repaso que hemos efectuado demuestra que dicha trayectoria no presentó una estructuración simple y que no es nada fácil abordar el fenómeno en toda su amplísima magnitud. Sin embargo, no puedo dar por concluido el presente epígrafe sin al menos citar otros aspectos que no deben quedar en el tintero, pero recalcando que un estudio profundo de los mismos queda lejos de mis pretensiones actuales, pues sería preciso efectuar un rastreo documental mucho más intenso y completo y ello se sale de los objetivos que me fijé al iniciar la redacción de estas líneas. Señalo por otra parte que la influencia social alcanzada por el franciscanismo se aquilata mejor durante los últimos años del Medievo puesto que conservamos fuentes mucho más abundantes y, además, el fenómeno de las observancias se halla íntimamente vinculado a la intensificación de la labor pastoral y predicadora de los frailes. Por ello, me limitaré a apuntar algunas ideas encuadrables en este marco temporal concreto.

Resaltaré dos aspectos que pueden ser vistos a la vez como síntoma y consecuencia de ese impacto social y que tienen en común el poder prestarse a una lectura caminera. Me refiero al asociacionismo laico por un lado y a la herejía por otro. Se trata el primero de un fenómeno preexistente, pero que se difunde y estructura verdaderamente en la Baja Edad Media, ligado desde sus orígenes en buena parte de los casos a la tarea evangelizadora de las órdenes mendicantes. Las cofradías, preferentemente urbanas pero también rurales, están documentadas en toda Castilla la Nueva (61) y asimismo la expansión de la Tercera Orden de San Francisco, bastante importante en Madrid gracias al apostolado de los frailes de la villa (62). Habría que efectuar un elenco de cofradías de inspiración franciscana y de grupos de terciarios para poder determinar sus relaciones con los caminos y cómo se difunden a partir de unos puntos concretos.

La conexión entre la difusión de los movimientos heréticos y la red viaria no deja de ser evidente. En nuestro caso resulta muy llamativa dada la estrecha vinculación detectada entre la corriente de los alumbrados y algunos sectores del franciscanismo hispano. Se considera como uno de sus principales difusores a un tal fray Melchor, misterioso franciscano extraordinariamente andariego, que se recorrió casi todos los conventos de Castilla la Nueva. Marcel Bataillon ha intentado reconstruir su itinerario en un año clave de su vida, 1512, concluyendo que a lo largo del mismo mantuvo contactos con Guadalajara y Toledo camino de Andalucía (63). También es conocida la labor desplegada por ciertos franciscanos de Cifuentes en Pastrana, donde consiguen crear un grupo numeroso de adeptos al iluminismo (64), datos que habría que cotejar y completar con otros similares. Pero quizá sea más significativo el que muchos de los cabecillas del movimiento fuesen terciarios franciscanos con "amistades y conocimientos en casi todos los conventos franciscanos de la provincia de Guadalajara" (65), lo cual demuestra que debían viajar con facilidad. A corroborar esta idea contribuye el hecho de que el grupo se extendiera pronto por casi toda Castilla la Nueva: Guadalajara, Pastrana, Escalona, Madrid, Alcalá, Toledo ..., pudiendo afirmarse incluso que, en general, "había rumores de alumbrados allí donde había franciscanos reformados" (66). La estrecha vinculación con el franciscanismo de las casas nobiliarias protectoras de los alumbrados -Mendoza, Almirante de Castilla y Marqués de Villena- es otro hecho a tener en alta consideración.

La organización topográfica de las casas de los Menores les garantizaba como vimos unos buenos niveles de accesibilidad y grandes facilidades de comunicación. Ello debió repercutir no sólo en un aumento de su movilidad, sino también en las formas de difusión del mensaje espiritual que se pretendía imponer según los casos. Desde este punto de vista, habría que considerar a las fundaciones extraurbanas, pero sobre todo a los eremitorios, como los auténticos focos creadores e irradiadores de líneas de comportamiento, algo que no se explica sin considerar su proximidad a los caminos más importantes. Señalan algunos autores que "en los recolectorios franciscanos y en los de las demás reformas hay que buscar, más que en ninguna otra parte, el punto de arranque de nuestra espiritualidad" (67). Parece ser que de algunos franciscanos del eremitorio de La Salceda partieron apoyos al alumbradismo, e incluso hubo frailes alumbrados que mantuvieron relaciones estrechas con los eremitorios, como fray Francisco Ortiz (68). Por contra, también partió de los eremitorios buena parte del mensaje reformista "ortodoxo" del franciscanismo hispano, y fue precisamente en La Salceda donde fray Francisco de Osuna escribió sus famosos Abecedarios, exponentes de las nuevas ideas. Apunta Grado G. Merlo que el nuevo mensaje franciscano elaborado en los conventos retirados consistió en "la difusión de modelos ético-religiosos constrictivos y rígidos" adecuados perfectamente a los intereses sociales de las oligarquías de poder bajomedievales, que eran precisamente las principales impulsoras de los nuevos centros franciscanos (69). Delimitar con claridad los aspectos heréticos y ortodoxos, clarificar su relación con algunas fundaciones y con la nobleza impulsora de las mismas, amén de efectuar un seguimiento espacial del fenómeno, permitirá añadir nuevas apreciaciones al tema de la vinculación entre frailes y caminos.

3. FRAILES CAMINANTES

Hice alusión en las líneas introductorias a la condición intrínseca de viajeros de los mendicantes, frailes "in via" por definición. Durante su vida, Francisco de Asís viajó constantemente y a los lugares más diversos, incluso al Próximo Oriente a convertir a los infieles. Sus trayectos solía realizarlos acompañado de algún hermano y, por lo común, a pie, en un gesto de penitencia extrema. Sus hijos se empeñaron a través de los siglos en seguir su ejemplo y fueron, como él, frailes viajeros. Mas, )cómo viajaban y qué razones les movían a hacerlo?

En principio, los frailes podían emplear para sus desplazamientos "mulas y machos de silla", pero lo más frecuente debió ser el empleo del asno, asociado a individuos de condición inferior (70), estándoles prohibido el caballo, animal correspondiente a las capas superiores de la sociedad; también debió ser común el viaje a pie. El famoso fray Martín Ruiz, del convento de San Francisco de Toledo, fue un gran predicador al que se atribuyen numerosos milagros que se hallan reflejados en las pinturas que decoran su sepulcro en una de las capillas del convento. En la tercera pintura aparece representado cuando iba a predicar a Puebla de Montalbán cruzando el río Guadarrama y con la siguiente leyenda: "Caminando frai Martín Ruiz por Guadarrama iva alta y no podía pasar, aparecióle el demonio en figura de mulo para le ahogar, atóle con su cordón y fue seguro". Según relata el milagro, llevó al demonio convertido en mulo al convento de Toledo, "donde prestó buenos servicios", pero dos frailes forasteros que se hospedaban en el mismo lo desataron sin querer y desapareció mientras fray Martín se hallaba predicando en la parroquia de San Miguel el Alto (71). El episodio demuestra que la costumbre de viajar a pie estaba muy arraigada entre los franciscanos antes de la llegada de la reforma.

Pero es a medida que se extiende la Observancia cuando se endurecen las normas relativas a las salidas de los frailes. En su testamento, fray Lope de Salazar contempla la posibilidad de que algunos hermanos puedan salir de los eremitorios, y para ellos dispone que deben "andar los frailes del todo e a pie, inviernos e veranos, segund la voluntad estrecha de San Francisco, mayormente en tierras calientes", sin admitirse las suelas, "ca el Fraire Menor o ha de andar descalzo del todo o mal calzado". Sólo en caso de extrema incapacidad de ir a pie podían emplear "asno pobre, e humilde, e ajeno", susceptible de mejorarse si la necesidad era mayor. Podían tener dos mantos de sayal además del hábito usual para protegerse del frío y se aconseja siempre que viajasen de forma individual, porque "mayores daños fallamos en los frailes que enviamos fuera doblados, por guardados que sean, cuando a casa tornan, que en los que enviamos solos, si éstos solos son bien probados e temientes de Dios", aunque lo mejor es que "non haya de salir el fraile a las aldeas e a las villas, pues moramos en los yermos, cuanto más viendo por experiencia los muchos peligros y ocasiones que ocurren casi continuamente a los frailes que espesamente salen e han de discurrir, ahora vayan solos, ahura vayan doblados" (72), en posible alusión a los peligros de los caminos, pero también a los peligros espirituales que acechaban en el mundo exterior. Pese a ello, lo habitual fue siempre ir en pareja.

Frailes apegados a la Observancia eran famosos por el rigor de sus costumbres. Fray Alonso de Borox siempre iba a pie "en visitas y en qualquiera otros viajes que hiziese". Lo mismo hacían fray Alonso de Astudillo o el beato fray Francisco de Torres; este último "caminaba muchas leguas" para predicar a la gente del campo, sobre todo por la tierra de Talavera, aunque vivía en el convento de Alcalá, entre otros muchos casos.

Pero la gran figura que domina sobre todas las demás es la de un incansable viajero, fray Francisco Jiménez de Cisneros, que durante su vida hubo de viajar en innumerables ocasiones, unas veces voluntariamente y otras forzado por sus obligaciones. Importantes episodios de su vida relatados por los cronistas nos lo sitúan "in via". Cuando la reina Isabel, atraída por la fama del fraile, decidió nombrarlo su confesor, se encontró con la negativa del mismo, que al final aceptó, pero con la condición de seguir residiendo en el convento de La Salceda, donde había sido trasladado desde El Castañar, y declaró que "vendría todas las veces que la reina le enviase a buscar, así para confesar, como para otras cosas"; por ello, desde aquel momento le fue "forzoso yr y venir muchas veces a la Corte" (73). Al ser nombrado arzobispo de Toledo le aconteció otro famoso episodio ligado al camino. Era el año 1495 y los Reyes Católicos estaban en Madrid. Fue Cisneros en Cuaresma a confesar a la reina y recibió permiso para pasar unos días en el convento de la Esperanza de Ocaña, pero antes de partir del convento de San Francisco de Madrid, donde estaba residiendo aquellos días, le llegó un recado de la reina para que volviera a verla y entonces le entregó el nombramiento pontificio, un nombramiento que Cisneros no quiso aceptar. Doña Isabel "permitió que por entonces se fuese su camino. Pero ... envió al camino donde su confesor yva a dos personajes, el uno mayordomo mayor de su casa, y el otro presidente de su consejo, para que le persuadiesen ... y alcançándole en la mitad del camino que ay entre Madrid y Pinto, le apartaron de dos compañeros con que yua ..." y tuvo que volver a Madrid.

Durante la mayor parte del tiempo, Cisneros viajó en un simple asno. Al ser nombrado arzobispo, renunció a todas sus riquezas "y lo que toca a sus cosas particulares y de su casa, las carroças guarnecidas de telas y tachonadas de oro, los coches y cauallos y pías manchadas y de gran precio; la caballeriza que llenó de caballos, y de mulos, se resumió todo en el jumento en que andaba antes que fuese arçobispo" (74), su humilde asno, al que llamaba "Benitillo" (75), compañero inseparable de buen número de andanzas.

Los motivos de estos desplazamientos eran muy diversos. No voy a detenerme en algunos de ellos, pues los hemos ido viendo a lo largo de la exposición. Los frailes salían a predicar o a ejercer su ministerio y a pedir limosna principalmente; también podían ir a estudiar o a enseñar en cualquiera de los reputados centros con que contaba la Orden en la región; incluso podían ser peregrinos anhelantes de visitar algún santuario famoso. Con frecuencia se movían por las exigencias que el funcionamiento interno de la Orden imponía, cuando había que celebrar capítulo provincial, por ejemplo, o los visitadores cuando tenían que hacer la ronda pertinente por los conventos a su cargo. Algunos religiosos destacados por su formación y virtudes podían ser escogidos por los monarcas para llevar a cabo delicadas misiones diplomáticas (76) o acompañarles en momentos importantes como debió suceder cuando culminó la reconquista de Andalucía, donde debieron estar presentes numerosos franciscanos del convento de Toledo (77). En otros casos, eran elegidos por los reyes como confesores. Fray Fernando de Illescas y fray Alfonso de Alcocer fueron confesores de Enrique III y sus nombres reflejan bien a las claras de dónde procedían. El segundo fue también confesor de Juan II (78); fray Juan Enríquez, custodio de Toledo y ministro provincial, fue confesor de Enrique III a comienzos del siglo XV (79), aunque sin duda el confesor real más famoso e importante fue Cisneros.

Con la extensión de la reforma aumentó también la movilidad de los frailes que pretendían propagarla. Por un lado, habría que contar con todos aquellos que se dedicaron a fundar nuevas casas. Por otro, con quienes, como Cisneros o Quiñones, impusieron desde arriba la Observancia sobre conventos que ya existían y en los que había que erradicar el conventualismo.

Figura señera en este tema fue la de San Pedro de Villacreces, fundador del primer eremitorio franciscano de la Provincia de Castilla, La Salceda. Refiere la crónica que "andando este santo varón buscando donde començar a edificar, discurriendo por los reynos de Castilla, vino a parar donde es aora La Salceda". Una vez fundada su primera casa, agrupó a unos cuantos de sus primeros compañeros, "pasó los puertos y fuese a Castilla la Vieja" (80). De esta forma tan sacrificada prendió la chispa de la más austera corriente reformista franciscana en Castilla.

4. CONCLUSIONES

En síntesis, está debidamente probada la vocación caminera de la Orden Franciscana y su plasmación concreta en Castilla la Nueva. Este trabajo sólo ha pretendido ser un avance sintetizador y generalizador de toda una serie de cuestiones que merecerían convertirse en objeto de estudios más concretos que nos permitieran conocer con más detalle el tema y comprobar si lo aquí afirmado puede aplicarse a todos los casos. Creo de todas maneras que las líneas maestras apuntadas conservarán su vigencia en el futuro. Es innegable que el análisis del hecho mendicante en relación con las vías de comunicación ofrece y ofrecerá amplias posibilidades de investigación.

Quedan, no obstante, algunas cuestiones importantes en el tintero, como la necesaria reconstrucción de los caminos secundarios o rurales, tanto los que unían unos conventos con otros, como los que empleaban los religiosos para la cristianización del contorno, es decir, del medio campesino. Asimismo, el seguimiento de los itinerarios principales, que tan someramente he pergeñado, podría brindarnos toda una serie de nuevas pistas a tener en cuenta. Los temas a plantear son innumerables. Esperemos que en un futuro podamos aportar otras novedades.

NOTAS

(1) Véase al respecto Manuel CRIADO DE VAL, Teoría de Castilla la Nueva. La dualidad castellana en la Lengua, la Literatura y la Historia, Madrid, 1969 (20 ed.). Afirmaciones complementarias a las que desarrollo en estas páginas pueden encontrarse en mi trabajo "Frailes mendicantes y caminos en el Madrid Medieval", en Red viaria en el Madrid medieval, V Curso de Historia de Madrid Medieval organizado por la asociación cultural Al-Mudayna, Madrid, 12-16 de diciembre de 1992 (en prensa).

(2) Jacques LE GOFF, "Ordres mendiants et urbanisation dans la France médiévale", Annales E.S.C. (1971) 927.

(3) José GARCÍA ORO, Francisco de Asís en la España Medieval, Santiago de Compostela, 1988, 213.

(4) Dan cumplida cuenta de ello a finales del XVI las Relaciones topográficas. Annie MOLINIÉ-BERTRAND, "Le clergé dans le Royaume de Castille a la fin du XVIe siècle. Approche cartographique", Revue d'Histoire Economique et Sociale, 51 (1973) 5-52; Francisco Javier CAMPOS Y FERNÁNDEZ DE SEVILLA, La mentalidad en Castilla la Nueva en el siglo XVI (religión, economía y sociedad según las "Relaciones topográficas" de Felipe II), Madrid, 1986, 95.

(5) José GARCÍA ORO, "El franciscanismo hispano de la Edad Media", Verdad y Vida, XLV (1987) 223, y también la obra anteriormente citada.

(6) Con el objeto de abreviar el aparato crítico, cito aquí las dos fuentes de donde extraje el elenco de fundaciones y a las que remito siempre que me refiera a alguna de ellas: Pedro de SALAZAR, Crónica de la Santa Provincia de Castilla, Madrid, 1612 y Pablo Manuel ORTEGA, Crónica de la Santa Provincia de Cartagena, tres vols., Murcia, 1740.

(7) Para una descripción ajustada de estos caminos, véanse: Julio GONZÁLEZ, Repoblación de Castilla la Nueva, II, Madrid, 1976, 388-398; Juan José ALONSO, Cristina EMPERADOR y Carlos TRAVESI, Patrimonio histórico-artístico en la confluencia de los ríos Jarama y Henares, Madrid, 1988, 14-15.

(8) Julio GONZÁLEZ, Repoblación de Castilla la Nueva, I, Madrid, 1975, 297.

(9) Jean GAUTIER DALCHÉ, Historia urbana de León y Castilla en la Edad Media (siglos IX-XIII), Madrid, 1979, 119.

(10) Miguel Ángel LADERO, "Las ferias de Castilla. Siglos XII a XV", Cuadernos de Historia de España, LXVII-LXVIII (1982) 308.

(11) Madrid se localizaba en la confluencia de la ruta procedente de Somosierra con la de Toledo-Zaragoza, catalizando desde allí los contactos con la Submeseta Norte y Aragón. Juan José ALONSO..., 15.

(12) L.R. VILLEGAS DÍAZ, Ciudad Real en la Edad Media. La ciudad y sus hombres (1255-1500), Ciudad Real, 1981, 269 y 336.

(13) He tomado las referencias explícitas a caminos de Manuel CRIADO DE VAL, 32-61 y de Pedro Juan VILLUGA, Repertorio de todos los caminos de España, Madrid, 1546. Los datos de este último autor reflejan con detalle las vías de comunicación empleadas a mediados del XVI, que indudablemente eran las mismas de la Baja Edad Media.

(14) Antolín ABAD PÉREZ, San Juan de los Reyes en la Historia, la Literatura y el Arte, Toledo, 1976, 5.

(15) Era el gran nudo de comunicaciones de la zona. Jean Pierre MOLENAT, "Les communications en Nouvelle Castille au XVe siècle et au début du XVIe siècle", Les communications dans la Péninsule Ibérique au Moyen Age, París, 1981, 160.

(16) M0 Jesús SUÁREZ ALVAREZ, La villa de Talavera y su tierra en la Edad Media (1369-1504), Oviedo, 1982, 408-409 y 418.

(17) M0 del Mar GRAÑA CID, "Urbanización y conexiones con el medio agrario durante la Baja Edad Media: el ejemplo de la villa alcarreña de Cifuentes", En la España Medieval, 15 (1992).

(18) Antonio MALALANA, Escalona medieval (1083-1400), Madrid, 1987, 191.

(19) O. SCHMUCKI, "Mentis silentium. II programma contemplativo nell'ordine francescano primitivo", Laurentianum, 14 (1973) 178; J. E. de SADABA, "Tendencias eremíticas entre los franciscanos españoles hasta finales del siglo XVI", España eremítica. VI Semana de Estudios Monásticos, Pamplona, 1970, 571-585.

(20) Para las fundaciones eremíticas, además de la citada crónica de Salazar, Fidel de LEJARZA y Angel URIBE, Introducción a los orígenes de la Observancia en España. Las reformas en los siglos XIV y XV, número monográfico de Archivo Ibero-Americano, XVII (1957).

(21) Estos rasgos "contradictorios" del reformismo franciscano se acusan también en otros lugares. Véase M0 del Mar GRAÑA CID, "Franciscanismo reformista y sociedades urbanas en Galicia durante la Baja Edad Media", III Jornadas Hispano-Portuguesas de Historia Medieval, Sevilla, 1991 (en prensa).

(22) Para Castilla la Vieja pone de manifiesto esta relación Annie FREMAUX-CROUZET, "Franciscanisme des villes et franciscanisme des champs dans l'Espagne du Bas Moyen Age", Les Espagnes Médiévales. Aspectes economiques et sociaux. Mélanges offertés a Jean Gautier-Dalché, Niza, 1983, 53-65.

(23) No pretendo equiparar los eremitorios franciscanos con los jerónimos, que, como es sabido gracias a los trabajos de Marie- Claude GERBERT, se convierten en grandes propietarios de ganado trashumante -véase "La Orden de San Jerónimo y la ganadería en el reino de Castilla desde su fundación hasta principios del siglo XVI", Boletín de la Real Academia de la Historia, CLXXIX (1983) 219-313, entre otros-. Tan sólo quisiera apuntar una posible relación, a mucha menor escala por supuesto, que podría venir dada por la misma elección del emplazamiento conventual. Sabemos para años después que los franciscanos de El Castañar disfrutaban de algunas cabezas de ganado lanar para mantenerse que al parecer se recogían de limosna -Fernando JIMÉNEZ DE GREGORIO, Diccionario de los pueblos de la provincia de Toledo hasta finalizar el siglo XVIII, I, Toledo, 1962, 448-, y es posible que el análisis de las fuentes inéditas disponibles despejase más nuestras dudas.

(24) Luigi PELLEGRINI, "Insediamenti rurali e insediamenti urbani dei francescani nell'Italia del secolo XIII", A. POMPEI (a cura di), San Bonaventura, maestro di vita francescana e di sapienza cristiana, I, Roma, 1976, 202; Charles M. de la RONCIERE, "L'influence des franciscains dans la campagne de Florence au XIVe siècle (1280-1360)", Mélanges de l'Ecole Française de Rome, 87 (1975) 48, 52 y 79.

(25) Sorprende que los franciscanos no se instalen en una villa tan importante desde el punto de vista económico y viario hasta mediados del siglo XV. Para comprobar su prosperidad, Antonio CASTILLO GÓMEZ, Alcalá de Henares en la Edad Media. Territorio, sociedad y administración (1118-1515), Madrid, 1989.

(26) Gonzalo MENÉNDEZ PIDAL, Los caminos en la Historia de España, Madrid, 1951, 45.

(27) Grado G. MERLO, "Eremitismo nel francescanesimo medievale", Eremitismo nel francescanesimo medievale. Atti del XVII Convegno Internazionale, Assisi, 1991, 37.

(28) Pedro de SALAZAR, 254.

(29) José Miguel MUÑOZ JIMÉNEZ, La arquitectura del Manierismo en Guadalajara, Guadalajara, 1987, 295.

(30) Según la leyenda, el terreno le habría sido cedido al propio San Francisco a su paso por allí. Atanasio LÓPEZ, La Provincia de España de los Frailes Menores, Santiago de Compostela, 1915, 163; Patrocinio GARCÍA BARRIUSO, San Francisco el Grande de Madrid, Madrid, 1975, 24.

(31) Pedro de SALAZAR, 259; José M. MUÑOZ JIMÉNEZ, 376.

(32) Instalados originariamente en San Miguel del Monte, a media legua, se trasladan a la villa a finales del siglo XVI. Pedro de SALAZAR, 46.

(33) M0 Jesús SUÁREZ ALVAREZ, 407.

(34) Antolín ABAD PÉREZ, 23.

(35) José GARCÍA ORO, Francisco de Asís, 386.

(36) Antonio HERRERA CASADO, Monasterios y conventos en la provincia de Guadalajara (apuntes para su historia), Guadalajara, 1974, 179.

(37) Pedro de SALAZAR, 259, 288, 150 y 158.

(38) Ibíd., 242 y 268.

(39) Eusebio GONZÁLEZ DE TORRES, Chrónica Seráphica, VII, Madrid, 1749, 91.

(40) Fidel de LEJARZA y Angel URIBE, 589 y 161.

(41) Francisco J. CAMPOS Y FERNANDEZ DE SEVILLA, 95.

(42) Antolín ABAD PÉREZ, 5 y 29-31.

(43) Pedro de SALAZAR, 254, 37 y 286; Pablo Manuel ORTEGA, 16.

(44) José M. MUÑOZ JIMÉNEZ, 391.

(45) Pedro de SALAZAR, 258 y 276; Pablo M. ORTEGA, 16.

(46) José GARCÍA ORO, Francisco de Asís, 387.

(47) Antonio HERRERA CASADO, 146.

(48) Pedro de SALAZAR, 165; José GARCÍA ORO, La Universidad de Alcalá de Henares en la etapa fundacional (1458-1578), Santiago de Compostela, 1992.

(49) En la Provincia de Castilla, desde que los tenemos bien documentados, se celebran en torno al área más concurrida: en La Cabrera -1447-, Alcalá -)1469?-, Guadalajara -1485-, Belmonte -1488-, Alcalá -1496-, Madrid -1505-, Guadalajara -1515-, Toledo -1519-, Torrelaguna -1521-, Mondéjar -1522-, Toledo - 1524- y, a partir de 1525, todos en Escalona por expreso deseo del Marqués de Villena, que se encarga de cubrir todos los gastos generados por este tipo de reuniones (Pedro de SALAZAR, 75-83). No hace falta insistir en la coincidencia entre la excelente situación de todas estas localidades y su proximidad a vías de comunicación importantes, con el hecho de ser elegidas sedes para celebrar capítulos. Me parece importante recalcar que, a partir de 1517, cuando se había impuesto ya definitivamente la Observancia, se configura como autónoma en Castilla la Nueva. La expansión de la reforma encabezada por Cisneros, cuyo centro de operaciones era nuestra región, la importancia de muchos de los conventos y la preocupación personal del Cardenal debieron contribuir sin duda al engrandecimiento de toda la zona, convertida en uno de los ámbitos neurálgicos de la Orden de San Francisco.

(50) Pedro de SALAZAR, 289.

(51) Patrocinio GARCÍA BARRIUSO, 25.

(52) Pedro de SALAZAR, 244 y 248.

(53) Ibíd., 275 y 285; Antolín ABAD, 69.

(54) Pedro de SALAZAR, 145.

(55) Ibíd., 239.

(56) CONDE DE CASAL, MARQUÉS DE ALGINET, La leyenda de El Castañar, Toledo, 1985 (facsímil de 1912), 10.

(57) Eusebio GONZÁLEZ DE TORRES, 89.

(58) Pedro de SALAZAR, 241.

(59) José M. MUÑOZ JIMÉNEZ, 400-402.

(60) CONDE DE CASAL, 4-15.

(61) El convento de San Francisco de Pastrana disfrutó bien pronto del apoyo de los fieles y del arzobispo de Toledo, que no sólo había promovido su fundación, sino que también favoreció el establecimiento de una cofradía vinculada a la comunidad (Pedro de SALAZAR, 260). Los frailes de San Juan de los Reyes de Toledo fundaron diversas cofradías en la ciudad y sus alrededores (Antolín ABAD, 28), etc.

(62) José GARCÍA ORO, Francisco de Asís, 384-385.

(63) Marcel BATAILLON, Erasmo y España, Madrid, 1991 (40 reimpr. de la 20 ed. de 1966), 67-68.

(64) Ibíd., 169.

(65) Antonio MÁRQUEZ, Los alumbrados. Orígenes y filosofía (1525- 1559), Madrid, 1972, 62.

(66) Ibíd., 69.

(67) Melquíades ANDRÉS MARTÍN, "Reforma y estudio de Teología en los franciscanos españoles", Anthologica Annua, 8 (1960) 44.

(68) Bernardino LLORCA, "Sobre el espíritu de los alumbrados Francisca Hernández y fray Francisco Ortiz O.F.M.", Estudios Eclesiásticos (1933).

(69) Grado G. MERLO, 44-45.

(70) E.A. de la TORRE, "Viajes y transportes en tiempo de los Reyes Católicos", Hispania, XIV (1954) 369 y 372. Esto es lo que se desprende de una pragmática de los Reyes Católicos fechada en 1493.

(71) Atanasio LÓPEZ, 120-121.

(72) Fidel de LEJARZA y Angel URIBE, 608-609 y 589-590.

(73) Pedro de SALAZAR, 303-304. No en vano José GARCÍA ORO sitúa esta etapa de la vida de su biografiado bajo el epígrafe "Estilo personal: )ermitaño o peregrino?" en su obra El Cardenal Cisneros. Vida y empresas, I, Madrid, 1992, 44.

(74) Pedro de SALAZAR, 302.

(75) Pedro de QUINTANILLA Y MENDOZA, Archetypo de virtudes, espexo de prelados, Palermo, 1653, 33-36.

(76) Como fray Fernando de Illescas, embajador de Juan I en numerosas ocasiones, o fray Alfonso de Alcocer, que lo fue de Enrique III: Atanasio LÓPEZ, "Fray Fernando de Illescas, confesor de los reyes de Castilla Juan I y Enrique III", Archivo Ibero- Americano, 30 (1928) 241; Atanasio LÓPEZ, "Fray Alfonso de Alcocer, confesor de Enrique III de Castilla", Archivo Ibero- Americano, 30 (1928) 369-374.

(77) José GARCÍA ORO, Francisco de Asís

(78) Además de las obras citadas, véase de Atanasio LÓPEZ, "Confesores de la familia real de Castilla", Archivo Ibero- Americano, 31 (1929) 5-75.

(79) José GARCÍA ORO, Francisco de Asís, 369.

(80) Pedro de SALAZAR, 235.