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José Montero Padilla
GUADALAJARA COMO CLAVE GEOGRÁFICA DE LA LITERATURA 
(ALGUNOS ASPECTOS)

Actas del II Congreso Internacional de Caminería Hispánica. Tomo III, pp. 13-28

Mi propósito en esta ocasión es recordar, de modo breve y sin afán exhaustivo, algunos autores, textos y lugares sobresalientes de la geografía literaria de Guadalajara; trazar unos apuntes -apuntes, digo, para un mapa literario, o esbozo de mapa- del ámbito provincial en que nos encontramos.

La literatura es uno de los más fieles, amplios y expresivos ejemplos de toda, de cualquier realidad. Así, también, de ese complejo ente físico y espiritual que constituye una provincia, en este caso la de Guadalajara.

Contemplemos, pues, en el espejo de la literatura, algunos caminos o rutas y lugares de encuentros literarios y, para ello, busquemos, dicho con versos -hermosos versos- de Gerardo Diego:

...los nidos
caudales
que esconden itinerarios
en sus ovillos, dormidos.

Creo que la relación de Guadalajara con la literatura es tan amplia como sugerente. Aunque no se considere así por todos, como, por ejemplo, por José Antonio Pérez-Rioja, cuando afirma, en su por otra parte útil obra La Literatura Española en su Geografía:

Quizá, de entre las capitales y tierras de Castilla la Nueva, figura Guadalajara como una de las menos glosadas literariamente 1.

También se ha insistido en la idea de un escaso conocimiento de estas tierras: Si hubiese un concurso de provincias desconocidas -ha escrito un excelente periodista, Alejandro Fernández Pombo- puede que Guadalajara se llevase la palma. Y eso -añade el aitor de este texto- que está ahí, nada más salir de Madrid, por la estupenda autopista que va hacia Barcelona. Lo que ocurre es que no se va a Guadalajara. Por Guadalajara se pasa y, sobre todo, se viene2.

)Podemos estar de acuerdo con las precedentes afirmaciones? En cualquier caso, resulta evidente que Guadalajara ha contado, a través de los siglos, con ilustrados e ilustres viajeros escritores, nacidos aquí algunos, foráneos otros, desde Jerónimo Münzer a Camilo José Cela, desde José Ortega y Gasset a Guillermo Díaz-Plaja, desde Leopoldo Panero a José María Alonso Gamo o Ramón de Garciasol, por ejemplo. Estos, y otros muchos, han recorrido estas tierras, y han descrito, con minuciosidad unas veces, con trazos impresionistas en otras ocasiones, su imagen exterior; y las han interpretado y elogiado diversamente; han acertado a contemplar y desvelar su física y su metafísica; y nos han enseñado a ver, con sus ojos, la realidad y el duende, la apariencia y los secretos de unos lugares que podrían decir, con los versos del romance famoso:

Yo no digo mi canción
sino a quien conmigo va
.

Entre los numerosos, diversísimos testimonios literarios existentes sobre Guadalajara uno nos atrae de manera singular: el de don José Ortega y Gasset, viandante por estas tierras en fechas tempranas de nuestro siglo -1911-:

Por tierras de Sigüenza y Berlanga de Duero, en días de agosto alanceados por el sol, he hecho yo -Rubín de Cendoya, místico español- un viaje sentimental sobre una mula torda de altas orejas inquietas [...] (Esta pobre tierra de Guadalajara y Soria, esta meseta superior de Castilla...! )Habrá algo -se pregunta el autor de España invertebrada- más pobre en el mundo? Yo la he visto -continúa Ortega- en tiempo de la recolección, cuando el anillo dorado d elas eras apretaba los mínimos pueblos en un ademán alucinado de riqueza y esplendor. Y, sin embargo, la miseria, la sordidez triunfaba sobre las campiñas y sobre los rostros como un dios adusto y famélico atado por otro dios más fuerte a las entrañas de esta comarca3.

Esta imagen de pobreza expresada por Ortega ((Esta pobre tierra...!, )Habrá algo más pobre...?, la miseria, la sordidez triunfaba... como un dios adusto y famélico...) en un texto casi coincidente sincrónicamente con los poemas machadianos de Campos de Castilla (1912), esta visión -digo- de una tierra pobre y miserable se reiterará después en otros autores. Como José María Alonso Gamo, el gran poeta de Torija ha poco fallecido, quien escribía, en 1964:

En un pequeño espacio de la tierra castellana, en uno de los rincones más pobres y desolados de su agreste corteza, ha vivido la poesía española alguna de sus más bellas y logradas aventuras...

Ese pequeño rincón tiene su enclave en tierras de Guadalajara; unas tierras ateridas por los cierzos helados de sus rigurosos inviernos o calcinadas por el sol implacable del estío; tierras irregulares y escarpadas, con rampantes desniveles entre sus altas y áridas parameras y sus hondos y angostos valles, que van en saltos precipitados de unas a otros. Por eso, pese a los varios ríos que la surcan, sus parameras se agostan de sed, y la estrechez y desnivel de sus valles les hace poco aptos para aprovechar el agua de tan encajonados ríos, los cuales delatan su presencia sólo por algún plantel de álamos o chopos, o por unos parvos corrillos de verdes juncos como nimia expresión de su esperanza.

Pero esta tierra -inisiste aún Alonso Gamo- tan pobre y tan mísera, ha jugado un papel preponderante en la reconquista de España4.

Gloria Fuertes, en su poema titulado A Guadalajara, del libro Antología y Poemas del suburbio (1954) ha cantado también a una Guadalajara humilde y carente de riquezas:

Porque no tienes nada
yo te canto mientras me peino
igual que a Luisa canta mi hermano mientras se afeita.
He oído decir que no tienes monumentos artísticos,
que no tienes piscina
ni siquiera acueducto romano.
Que estás allí plantada en medio de Castilla
como esperando algo que no llega.
Pastores sabios,
cerros con olivares,
viñas con la locura,
tocino y alcaldesa.
Yo sé que tienes algo más que esto
.
............................5.

Pero junto a las visiones y descripciones generales y con un cierto afán caracterizador, otros textos literarios se detienen en lugares concretos, y señalan, particularizan, enumeran, retratan a veces con trazos tan breves como definitorios, se apoyan en la música de los nombres propios y juegan con ellos. Una muestra significativa a tal respecto hallamos en un hermoso poema -su título Romance de Guadalajara- original de Leopoldo Panero, quien lo dedicó a otro gran poeta nacido en Guadalajara: Ramón de Garciasol6.

Romance de Guadalajara

Brihuega, de vivas aguas;
Atienza, de piedras muertas;
Hita, pegada a su sombra;
de infancia y luna, Sigüenza.
Jadraque, bajo las águilas;
Cifuentes, mieses y leguas;
Auñón, colgado entre torres;
Sacedón, mojón de Cuenca.
...Arroyos y chirimías
moriscas (qué lejos suenan!
Pastrana, helado palacio;
Horche, desnuda en su vega.
Guadalajara y su nombre,
(qué bien casan piedra a piedra!,
Tendilla, solar de conde;
Cogolludo, mar de ovejas.
(Qué bien en el aire casan,
y en la luz de toda ella,
su placidez y su aroma:
romero, salvia, tristeza!
(Qué bien en el aire casan,
y en la luz de toda ella,
su placidez y su aroma:
romero, salvia, tristeza!
(Qué bien el jilguero errante
cruza su alada presencia
con nosotros! (Qué sencilla
se pone el agua en la hierba!
(Húmedos árboles juntos:
Torija, cavada huerta!
(Gallinas, puertas, adarves
desamaparados y en vela!
Surcos mellizos del cielo
-chirimías, damas, sedas-,
y en vez de huestes que avanzan,
olivares entre almenas.
Se apagan en el silencio
largos caminos de guerra:
Jirueque, torote, sombras
de espada en la tierra muerta.
(Tenso rumor ondulado
del trigal, sin ruido apenas,
si no es el vuelo de un pájaro,
o el que hace, al rodar, la Tierra!
7.

En estos versos de Leopoldo Panero aparecen nombres de lugares como Brihuega, Atienza, Hita, Sigüenza, Jadraque, Cifuentes, Auñón, Sacedón, Pastrana, Horche, Guadalajara, Tendilla, Cogolludo, Torija, Jirueque, Torote. Es todo un goce complacido en la sugerente poesía de los nombres propios, cuya cita escueta despierta ya entrañables resonancias, matizadas líricamente por unas pocas palabras verdaderas: Brihuega, de vivas aguas;... de infancia y luna, Sigüenza..., etc., etc.

Se trata de un procedimiento expresivo en el que cabe reconocer, seguramente, el magisterio de Miguel de Unamuno, uno de los grandes poetas maestros de la poesía española de este siglo, autor de composiciones algunos de cuyos versos están formados por la sucesión de varios nombres de lugares, así el titulado Toponimia hispánica:

Avila, Málaga, Cáceres,
Játiva, Mérida, Córdoba,
Ciudad Rodrigo, Sepúlveda,
Ubeda, Arévalo, Frómista,
Zumárraga, Salamanca,
Turégano, Zaragoza,
Lérida, Zamarramala,
Arramendiaga, Zamora.
Sois nombres de cuerpo entero,
libres, propios, los de nómina,
el tuétano intraductible
de nuestra lengua española
8.

Nombres, pues, de lugares -ciudad, villas, pueblos, chicos rincones- que suponen, a su vez, en opulenta diversidad, paisajes, y testimonios de arte, y huellas históricas, tanto de la historia grande, con sus personajes y acontecimientos extraordinarios, como de la historia menuda -como gustaba decir Azorín- o intrahistoria cotidiana de los sucesos mínimos, de los seres grises cuyos nombres quedarán sepultados en el olvido... Nombres de lugares que acercan, también, los latidos de la vida actual, pujante o lánguida, activa o remansada.

Nombres de lugares, en fin, que constituyen, con frecuencia, con la memoria de quienes en ellos nacieron, la sugerencia de museos literarios, de líricos museos para el recuerdo y para la emoción. Como Quer, donde nació Juan Páez de Castro (1512?-1570), insigne humanista conocedor de varias lenguas antiguas (griego, latín, caldeo, hebreo y árabe), erudito y cronista del emperador Carlos V. Y Cifuentes, de donde era el religioso e historiador Diego de Landa (1524-1579). Y Guadalajara, la capital de la provincia, donde han nacido Bernardino de Mendoza (1540-1604), escritor y diplomático; Luis Gálvez de Montalvo ()1546-1591?), poeta y autor de una novela pastoril, El pastor de Fílida (1582), de gran éxito en su tiempo; Alonso Núñez de Reinoso (siglo XVI), de cuya existencia poco se sabe, aunque sí, según parece, que durante algún tiempo se acogió a una señora que le mantenía a sus expensas, y que fue también poeta y novelista, cuya Historia de los amores de Clareo y Florisea, narración en parte original y en parte adaptada de la antigua Teágenes y Claridea, de Aquiles Tacio, alcanzó asimismo notable difusión9; Alfonso Hurtado de Velarde ()-1638?, comediógrafo que se inspiró para sus obras en temas y personajes de la épica medieval; Ramón de Garciasol, magnífico poeta; Antonio Buero Vallejo, una de las figuras esenciales del teatro español de nuestro tiempo. Y Sigüenza, donde vieron la luz fray José de Sigüenza (1544-1606), uno de los mejores prosistas de su época, tal como destacaron ya Marcelino Menéndez Pelayo y Ramón Menéndez Pidal10; y José de Villaviciosa (1589-1658), cuya notoriedad literaria se basa en su poema épicoburlesco La Mosquea, el mejor acaso de los escritos en lengua española. Y otros lugares aún que nos aproximan también el recuerdo de escritores nacidos en ellos. Como Manuel León Marchante, (h.1620-1680) y José Antonio Ochaita (1899-1973), en Pastrana; Cristóbal Pérez Pastor (1833-1908), en Horche; Manuel Serrano y Sanz (1868-1932) en Ruguilla; Ángel María de Lera (1912-1984), en Baides; José María Alonso Gamo (1913-1992), en Torija. Y otras figuras de las letras y las humanidades españolas.

Y junto al recuerdo de los escritores -novelistas, poetas, dramaturgos, cronistas, investigadores...- nacidos en la tierra de Guadalajara, el de aquellos otros que por ella pasaron y dejaron memorias significativas. Como el rey Alfonso X, de singular importancia para la historia de la lengua y la cultura españolas, cuyo nombre perdura unido al de una amante suya, doña Mayor, que hizo edificar una iglesia en Cifuentes; y don Juan Manuel, que mandó construir en la misma población su castillo -estampa reiterada en numerosas obras pictóricas- y en él pasó muchas horas de su vida; y Juan Ruiz, el poeta más genial quizás de la Edad Media, cuyas vivencias y vinculaciones guadalajareñas siguen vivas en diversos pasajes de su Libro de Buen Amor.

Y desde el siglo XVI permanecen en Pastrana las huellas de las presencias de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz, unas huellas cuya evocación se concreta en una ermita, en un convento, en una cueva, en prosas y versos, y se transforma en emoción viva y actual.

Jadraque conserva el recuerdo de don Gaspar Melchor de Jovellanos, uno de los más caracterizados representantes de la Ilustración en España, que aquí estuvo algún tiempo, en la villa alcarreña de las luces, tal como la llamó un fino escritor: Gaspar Gómez de la Serna11. Y en Pastrana perduran memorias de Lenadro Fernández de Moratín, el más importante y significativo comediógrafo del neoclasicismo en España, que en esa villa residió y conoció las horas seguramente más sosegadas de su existencia. Camilo José Cela, en el capítulo dedicado a Pastrana de su libro Viaje a la Alcarria, lo recuerda y escribe:

Moratín escribió en Pastrana El sí de las niñas, y se casó en segundas nupcias; de su casa también se hubiera podido conservar alguna cosa12. De las afirmaciones de nuestro más reciente Premio Nobel, una sorprende sobremanera: que Moratín se casó en segundas nupcias... Imposible: don Leandro permaneció soltero hasta su muerte. Su biografía es bien conocida, en sus hechos esenciales, desde largo tiempo atrás, así como la historia de sus amores, amoríos, desamores y escarceos eróticos... Y nunca casó don Leandro, probablemente porque le apatecía más su cómoda y acomodada soltería, también quizás por su condición tímida e introvertida13.

Y por tierras de Guadalajara anduvieron, y sobre ellas escribieron nuestros dos mejores novelistas decimonónicos: Benito Pérez Galdós14 y Leopoldo Alas Clarín. La relación de nombres unidos, vinculados literariamente a Guadalajara -la capital y su provincia- podría continuar todavía, largamente.

Estas conexiones entre Geografía y Literatura insinúan, inician, comienzan a configurar un itinerante museo literario provincial. Pero este museo, tan distinto de los habituales como factible, a menudo no aparece expreso, no muestra sus hilos conductores al interés del viajero curioso. Es menester la colocación -discreta, oportuna, con buen gusto- de inscripciones, de cartelas recordatorias, que precisen y conduzcan los motivos para la evocación: así como la publicación y amplia difusión de folletos informativos sobre tan rico patrimonio literario. Ello, materialmente, requiere poco, incluso muy poco. Exige, esto sí, amor y conocimiento. Y supone un tributo al espíritu, a algo que por ser, precisamente, eso -espíritu- nunca puede morir del todo. Y cuando las poblaciones exaltan a quienes las han enaltecido se honran a sí mismas y ofrecen un índice de civilización y de cultura.

Es cierto que la presencia del paisaje en la literatura, de unos paisajes determinados, pertenecientes a una geografía concreta, corresponde a la época moderna, del siglo XIX en adelante y con especial intensidad desde el Modernismo hasta nuestros días, tal como Azorón puso de relieve hace ya muchos años15. Sin embargo, los relatos efectuados por viajeros ya varios siglos antes, poseen también, además de su valor informativo y noticiero, calidades y matices específicamente literarios.

Comprobarlo es fácil. Como en el Itinerario hispánico, de Jerónimo Münzer, que viajó por España, del 17 de septiembre de 1494 al 9 de febrero de 149516, y a quien pertenece el fragmento siguiente, sobre el palacio del Infantado:

No creo que en toda España haya otro palacio tan fastuoso como este de Guadalajara, ni con tanto oro en su decoración. Es de forma cuadrada, construido de piedra de sillería, con un patio de dos galerías superpuestas, adornado con figuras de grifos y leones, y en su centro una fuente altísima. Abundan los artesonados de oro con tallas de resplandecientes flores, y en cada uno de los cuatro ángulos hay una salida; dos de ellas estaban ya terminadas y brillaba de tal suerte el oro de las techumbres que suspendía el ánimo. El que nos enseñaba el palacio díjonos que pudeira comprarse un condado con el valor de lo que allí había y, sin embargo, la obra no estaba aún concluida...

El palacio atrajo asimismo la atención, en 1523, de un ilustre viajero, Andrea Navagiero, representante de la República de Venecia ante el emperador Carlos V:

Guadalajara es muy buen pueblo y tiene hermosas casas, entre las cuales hay un palacio que fue del cardenal Mendoza, arzobispo de Toledo, y otro del duque del Infantado, que es el más bello de España. Aquí residen muchos caballeros y personas de cuenta, y el duque del Infantado, que aunque la ciudad y la tierra es del rey, puede considerársele como señor del lugar. Este duque tiene grandísimos gastos, y si bien sus rentas montan a 50.000 ducados, no cubren aquellos; tiene una hueste de 200 peones y muchos hombres de armas y una capilla de excelentes músicos, mostrando en todo ser muy liberal17.

Ya en el siglo XVIII, otro viajero, el religioso italiano Norberto Caino, de la Congregación de San Jerónimo, relata con brevedad sus impresiones de la ciudad:

...llegué a Guadalajara [...] Aproveché el poco tiempo que allí estuve para ver la manufactura de paños que allí fabrican a la manera de los de holanda, son de tan buen tinte e igualmente bien en todo, excepto que no están tan bien aprestados y golpeados y no tienen tanto cuerpo; de manera que al usarlos se encogen al principio y se estiran después, como se quejan todos los que de ellos se sirven.

Me hicieron ver el palacio del duque del Infantado, en donde se han conservado muy bien, a pesar del poco cuidado que allí reina, diversas pinturas al fresco... [...] El calor insoportable del día no me ha permitido salir de esa ciudad antes de la noche18.

Con Ricardo Quétin, caballero francés que publicó, en París, a mediados del siglo anterior, una Guía del viajero en España y en Portugal, en la que incluye sus impresiones de un recorrido por la Península Ibérica, llegamos a la Sigüenza decimonónica que él conoció y sobre la que dice, entre otras cosas:

Sigüenza, ciudad poco notada, pero cuya visita recomendamos a nuestro viajero. Esa pequeña ciudad, cabeza de partido -distrito de su nombre-, está rodeada de hermosos llanos bien regados, que podrían, gracias a un cultivo más inteligente y mejores caminos, convertirse en uno de los graneros de España. Sigüenza -continua Quétin- cuya población asciende a 5.000 habitantes, en otro tiempo villa fortificada, sobre la frontera de Castilla y de Aragón, fue reconquistada en 1086, por Alfonso VI; conserva aún una parte de sus antiguos muros y de sus puertas. Construida en forma de anfiteatro sobre la pendiente de una colina que dominda el valle del Henares, la ciudad alta es escarpada y está coronada por el palacio episcopal o Alcázar. La Catedral es un bello edificio de una gran solidez [...].

Quétin se extiende en la descripción del templo y, al referirse a la Capilla de Santa Catalina, destaca varios bellos sepulcros, entre otros los de Martín Vázquez de Sosa, y de Sancha, su mujer; de Martín Vázquez de Arce, de 1486, [...], etc.19.

Sigüenza, a la que un eslogan turístico de 1965 proclamó la ciudad del doncel, es ciudad asímismo de singular fortuna literaria.

Recordemos, por lo pronto, que uno de los personajes novelescos de Galdós -al que citábamos antes- protagonista en la cuarta serie de los Episodios Nacionales, José García Fajardo, es seguntino, y a través suyo describe el autor a Sigüenza, en acción que sitúa en el año de 1847:

...vi a la gran Sigüenza -dice el personaje, en Las tormentas del 48-, que me abría sus brazos para recibirme. (Oh alegría del ambiente patrio, oh encanto de las cosas inherentes a nuestra cuna! Vi la Catedral de almenadas torres; vi San Bartolomé, y el apiñado caserío formando un rimero chato de tejas, en cuya cima se alza el Alcázar; vi los negrillos que empezaban a desnudarse, y los chopos escuetos con todo el follaje amarillo; vi en torno el paño pardo de las tierras onduladas, como capas puestas al sol...20.

Si esta descripción la sitúa Galdós a mediados del siglo XIX, un escritor de nuestro tiempo, prematuramente desaparecido y a quien antes citábamos, Gaspar Gómez de la Serna veía la misma Plaza Mayor, hace treinta años, con la apariencia y modo siguientes:

La Plaza Mayor de Sigüenza es una de las más sobrias y bellas de España, que a la severidad de la piedra sillar de sus muros porticados o a la sencilla mampostería de los otros no añade otro ornato que el del duro hierro de los grandes y corridos balconajes. Ello, y que es una plaza solitaria y a trasmano donde acaba la ciudad vieja y no empieza realmente la nueva, separada por la masa de la catedral, le da una cierta melancolía y un aire museal21.

Pocas palabras tan hermosas han sugerido Sigüenza como las escritas por Ortega al final de la primera década del siglo actual. El autor de Notas de andar y ver llega a la ciudad al amanecer,a lomos de una mula torda. Y subraya el encanto de la hora temprana, cuando la luz y el universo todo semejan recién nacidos, y el viajero experimenta un placer posesorio, casi sensual, de dueño de la Creación. Estas salidas -escribe Ortega- muy de mañana, por los campos fuertes tienen un dejo de voluptuosidad erótica. Nos parece que somos los primeros en hendir a nuestro paso el aire puesto sobre el paisaje, y este mismo parece que se abre a nosotros con el poco de resistencia necesario para que nos percatemos de que somos los que rompemos esta vía hacia su corazón22.

La visión de Sigüenza en la amanecida adquiere mágica hermosura en las plásticas palabras del escritor:

... Es una alborada limpia sobre los tonos rosa y cárdeno del poblado de Sigüenza. Quedan en el cielo unos restos de luna que pronto el sol reabsorberá. Es este morir de la luna en pleno día una escena de superior romanticismo. Nunca más tierna la apariencia del dulce astro meditabundo. Es una manchita de leche sobre el haz terso del cielo, una de esas fresas blancas que traen de nacimiento algunas muchachas en su pecho23.

Y el perfil de la ciudad surge al fin: Sigüenza -sigue Ortega- la viejísima ciudad episcopal, aparece rampando por una ancha ladera, a poca distancia del talud que cierra por el lado frontero el valle. En lo más alto el castillo lleno de heridas, con sus paredones blancos y unas torrecillas cuadradas, cubiertas con un airoso casquete. En el centro del caserío se incorpora la catedral,...24.

Esta catedral recién entrevista le sugiere a Ortega la imagen marinera de un navío:

La Catedral de Sigüenza -afirma- toda oliveña y rosa a la hora de amanecer, parece sobre la tierra quebrada, tormentosa, un bajel secular que llega bogando hacia mí...25.

Resulta curioso observar cómo este templo y las tierras próximas, tan lejanas del mar, que nunca podrán verlo, ofrecen motivo para el perfil marinero recordado, al que se unen unos deliciosos versos, titulados Romance de las salinas de Sigüenza, plenos de ternura y de gracia poética, originales de Agustín de Foxá:

... Sigüenza, ¿por qué te hablaron
de arados y de trillar,
si tienes sueños de brújula
bajo la estrella polar?
¡Sigüenza, puerto sin agua
con tu Doncel-capitán
leyendo un libro de náutica
bajo plomado cristal!
Si algún día pinto mi mapa
te pondré en el litoral
26.

Y Sigüenza, y su templo catedral, suponen también el recuerdo de la estatua yacente del llamado doncel de Sigüenza, una de las más bellas creaciones escultóricas en su género, la que más acaso junto con la estatua, obra de Domenico Fancelli, del príncipe Don Juan, el hijo de los Reyes Católicos, del que dicen murió de amor, de demasiado amor, y que reposa, definitivamente tranquilo, en otra Catedral, la de Avila.

Hernando del Pulgar (¿1436-1493?), secretario y cronista de los Reyes Católicos, singularmente destacado por su colección de breves biografías bajo el título de Claros varones de Castilla, relata en su Crónica del reinado de los monarcas citados (que abarca los años que van desde el 1468 al 1490), cómo en 1486, en el curso de la guerra sostenida con los moros de Granada, El duque del Infantado, con sus escuadrones, el uno de gente de armas y el otro de jinetes, quedó en la retaguardia para hacer frente a los moros si moviesen alguna pelea... Y como el duque pasó por el río Genil junto al camino que llaman de Elvira, los moros, al ver el orden de la tropa, no la acometieron, y sí a los núcleos de Ubeda, Baeza y Jaén, que iban algo rezagados y se defendieron con algun desorden, metiéndose entre las acequias de la huerta llamada del Rey; alzaron entonces los granadinos las compuertas de las represas, se inundó el campo, dificultándose los movimientos del ejército victorioso, a que atacaron de nuevo los vencidos, causándole muchas bajas. El duque del Infantado, como vio al obispo y al corregidor de Jaén con sus gentes en aquel peligro, mandó volver sus enseñas y a gran prisa pasó el escuadrón de sus jinetes el acequia y socorrió a los de aquellas escuadras que estaban peleando con los moros...; e por pasar el acequia, muchos cristianos perdieron sus caballeros y cayeron y fueron lisiados y desbaratados27.

Uno de los muchos muertos de aquel día fue el caballero de Santiago don Martín Vázquez de Arce. Pero su memoria permanece, fragantemente viva, en la estatua del caballero sobre su sepulcro. Una estatua cuyo autor desconocemos, en un testimonio más de la anonimia tan frecuente en la historia artística y literaria española, anonimia que Menéndez Pidal incluyó entre los caracteres distintivos de la literatura española28 y que a Ortega le hizo comentar, a propósito precisamente de la estatua a la que nos estamos refiriendo: Nadie sabe quién es el autor de la escultura. Por un destino muy significativo, en España casi todo lo grande es anónimo29.

Muchas preguntas se han formulado sobre el porqué de la denominación dada a la estatua de doncel de Sigüenza30, quizá, por primera vez en los últimos años del siglo XIX por el general Lasal, y consagrada por Ricardo de Orueta y Duarte (1868-1939), crítico e historiador del arte, en su obra, de 1919, La escultura funeraria en España. )Por pura imaginación? Acaso la respuesta pueda estar, sencillamente y sin darle más vueltas -presuntamente maliciosa alguna- en la sugerencia de juventud del término y en la extensión de uno de los significados que recoge en el siglo XVIII el Diccionario de Autoridades:

Donceles. Se llamaban también aquellos que habiendo en su niñez servido de Pajes a los Reyes, pasaban a servir en la milicia, formando cuerpo separado, y conservando el nombre y prerrogativas de que debían gozar los donceles.

Aunque el término tuviese otros significados y pudiera aplicarse, por ejemplo, al pino de pocos años, o al vino, para indicar el que es suave y apacible al gusto, significado este último que empleó Fray Luis de Granada en su Introducción del Símbolo de la Fe:

Vémoslo también -escribió Fray Luis- en los vinos: entre los cuales los turbios y espesos son más viles, y los más delicados y más donceles son más preciosos31.

En cualquier caso, lo que importa es el acierto y la gracia definitoria y musical del heptasíbalo que nombra a la estatua de Martín Vázquez de Arce: El Doncel de Sigüenza.

Admirada siempre por su belleza, atrae siempre también por el indefinido misterio de la expresión del rostro de la estatua (acaso los dos rostros más atrayentes, por su secreto, de toda la historia universal del arte, sean, como rostro de mujer y en el ámbito pictórico, el retrato de Mona Lisa, La Gioconda, por Leonardo de Vinci y, como rostro de varón, en la estatuaria éste, de autor anónimo, que representa a Martín Vázquez de Arce).

Pero la estatua se ha convertido también en literatura y dado motivo para muy diversas interpretaciones. Ortega se pregunta si podría representar la unión de la dialéctica -las letras- y el coraje -las armas-:

Este hombre -reflexiona Ortega- parece más de pluma que de espada. Y, sin embargo, combatió... bravamente. La historia nos garantiza su coraje varonil. La escultura ha conservado su sonrisa dialéctica. ¿Será posible? -interroga Ortega- ¿Ha habido alguien que haya unido el coraje a la dialéctica?32.

Guillermo Díaz-Plaja, en su libro El espíritu del barroco, de 1941, partió de la hipótesis de Ortega para sostener una teoría distinta: la estatua representa la duda, la indecisión para inclinarse definitivamente a algo, la crisis tal vez de la mente en una etapa de transición -otoño de la Edad Media, amanecer del Humanismo-.

Se ha establecido, y con reiteración, un paralelo entre la obra de Jorge Manrique, el autor de las celebérrimas Coplas, y la escultura que representa a Martín Vázquez de Arce. Quien primero lo hizo quizás, fue Américo Castro, en un lúcido trabajo publicado en 1930, donde escribe:

La plástica contmeporánea refleja, como era de esperar, el giro innovador que arrebata a los mejores ánimos durante esa segunda mitad del siglo XV. ¿Quién no recuerda al exquisito mancebo, don Martín Vázquez de Arce, y el encanto de su tumba en la catedral de Sigüenza? [...] Para nuestro objeto sólo importaría ahora establecer riguroso enlace entre el sentido que inspiró esta lindísima y serena encarnación del morir y los versos igualmente serenos y juveniles de Jorge Manrique. Aire moderno pone en aquel mármol el genial y anónimo artista de la capilla de los Arce. El doncel de Sigüenza moría en 1486, luchando frente a Granada con alegre heroísmo. Compárese su enterramiento con este otro que ofrezco a la consideración del lector: el de Gómez Carrillo de Albornoz, finado en 1448, y cuya tumba se halla asimismo en el tmeplo de Sigüenza. Carrillo de Albornoz encarna la idea del acabamiento; en él todo fue. Sus manos ociosas, su faz exánime lo sumen en el no ser. Vázquez de Arce está, en cambio, en plena vitalidad. Reposa elegantemente, se entrega al lujo de cultivar su espíritu en una grave lectura. El agudo puñal que roza su mano orienta su punta hacia la acción enérgica: meditar, luchar, han sido afanes máximos para los veinticinco años de esta vida, que no se decide a concluir. Se instala en cómoda postura, comienza a pasar los folios del grueso volumen para dar tiempo a que transcurra esa impertinencia de morirse cuando no hacía falta. Seguridad, confianza. Y Castro concluye: No queremos extinguirnos como ese vecino de catedral, Carrillo de Albornoz. Está muy feo y debe aburrirse33.

Sí, el Renacimiento está ya muy próximo, y viene a recordarnos que la vida, e incluso la muerte, pueden y deben ser hermosas. Los versos manriqueños, a su final, engendran consuelo, y el monumento funerario del Doncel nos muestra cómo la muerte, tan denostada, puede transformarse también en existencia perdurable.

Marcelino Menéndez Pelayo, cuando tuvo certeza de su próximo fin, exclamó: ¿Qué lástima, morir cuando me quedaba tanto por leer...!34. Como un símbolo de la permanencia y valor de la lectura, el Doncel sostiene un libro entre sus manos, reflexiona, acaso, sobre lo leído, y como al personaje azoriniano, no le podrán quitar el dolorido sentir. Para quienes amamos a los libros y creemos en la literatura como vida, pocas imágenes tan simbólicamente representativas como la que da esta figura escultórica de autor desconocido.

Elogios, glosas, interpretaciones... su simple enumeración sería casi interminable. Pero no olvidemos ahora los versos de Ramón de Garciasol.

Al Doncel de Sigüenza

Martín Vázquez de Arce, fronterizo
en vida y muerte, dulce compañero
de la espada y el libro, colmenero
en la ladera eterna, ¿qué se hizo
de tanta apresurada criatura
que se molturó en tiempo dando olvido?
Martín Vázquez de Arce, ¿qué has sabido
leer en piedra un día, que aún te dura
el pasmo por la frente pensativa?
¿Estás oyendo dentro aquella idea
o atento hacia el Henares te me alejas
dejándome más sólo? El aire aviva
un silencio de frente que se orea
al vuelo matinal de las abejas
35.

Antes de abandonar la capilla de San Juan y Santa Catalina, en la que está el sepulcro del Doncel, conviene reparar en una lápida del suelo delantero al monumento, que suele pasar inadvertida y donde dice que en ella: Yace la Sra. D0 Lucía Palladi, nacida en Viena el 27 de agosto de 1843, fallecida en París el 19 de septiembre de 1863.

¿Quién era Lucía Palladi? Descendiente de los Cantacuceno rumanos, casó en segundas nupcias con don Manuel Antonio de Acuña, Marqués de Bedmar. Se la llamaba la dama griega y también, por su extrema palidez, la Muerta. Era bella, frágil, inteligente. Y fue uno de los primeros -y nunca olvidado- amores de don Juan Valera. Aunque siempre se resistió a las solicitudes apasionadas del entonces muy joven diplomático y poeta y futuro novelista. Las cartas cruzadas entre ellos son hondamente expresivas Dejadme amaros a mi modo, le exhorta ella en una de esas cartas, y le dice también: Ven... pero ven sumiso, razonable, moderado, a medida de mi deseo. Él también escribe cartas, y versos, y se siente influido y alentado por la dama griega... Pero el sentimiento se irá apagando y el tiempo hará su obra. Cuando Valera vuelva a verla, en París, en 1857, envejecida, escribirá en carta a su amigo el Marqués de Valmar: Al verla recordé aquella horrible historia de Poe...

Y he aquí cómo cabe evocar un amor de don Juan Valera en la capilla de los Arce36.

La imaginación y el deseo quieren retornar, aunque sea por breves instantes, a Pastrana.

Porque Pastrana es, además, para mí personalmente, el recuerdo y la efusión de algunos buenos amigos que impulsaron y animaron muchas veces, generosamente, mis pasos por las tierras de Guadalajara. sus nombres acaso les digan a ustedes poco o nada, pero yo no quiero silenciarlos: Mariano Chamorro, entusiasta de la caza, que siempre me hablaba -con un punto de exageración en algunas ocasiones- del número de perdices que había cazado pocos días antes. Manolo Revuelta, hombre bueno, guía sabio y fervoroso de muchos recorridos por Pastrana. Paco Cortijo, médico, alcalde durante muchos años de Pastrana, certeramente retratado por Camilo José Cela en su Viaje a la Alcarria37. Recuerdo bien a Paco Cortijo: cortés, solícito, siempre pendiente de todo y de todos, afectuoso, pero con un punto de desengaño en su mirada clara y directa.

Hace muchos años, en 1964, el miércoles día 22 del mes de abril, llegaba yo, muy de mañana, a Atienza. No iba solo. Formaba parte de un grupo de catedráticos de Institutos Nacionales de Enseñanza -cuando estos centros de enseñanza eran, sí, Institutos Nacionales de Enseñanza Media- que íbamos siguiendo y estudiando la ruta del Cid, que por estas tierras anduvo y tiene hitos señalados, según consta en el Poema. No he olvidado el asombro, el pasmo de la luz y del paisaje en aquella mañana de Atienza. Al igual que recuerdo, con agridulce memoria, a mis ilustres compañeros de viaje: Evaristo Correa Calderón, María Luisa Revuelta, Guillermo Díaz-Plaja, Lázaro Montero de la Puente, Juan Ruiz Peña, Fernando Jiménez de Gregorio... Algunos ya no están con nosotros, son ausencia definitiva.

Aquel mismo día, después iríamos a Sigüenza, para rendir homenaje al Doncel.

No he olvidado el pasmo -repito- la sorpresa, el susto casi, de Atienza, *una peña muy fort+. Allí leímos entonces unos versos de Gerardo Diego. Quiero recordarlos ahora y cerrar con ellos -y eso saldrán ustedes ganando- esta intervención:

Atienza de los juglares,
alto navío de ruinas
que nunca has visto los mares
te traigo -mis azahares-
ramos de espumas marinas.

Castillo, línea quebrada,
dibujada
sobre el azul, que es ya verde,
que palidece, que pierde,
que se arría,
que -sin bandera- se estrella.

Línea aún más voltaica y fría
cuando ya el alba destella,
y su anís de luz vacía
-limón, naranja, grosella-
arde en júbilos de grana, para volver al celeste
-norte, sur, este y oeste-
cenit de luz castellana.

Abre, Atienza, tus balcones
-verdes balcones de Atienza-
ábrelos al aire y trenza
tu piedra heráldica en nudos
y en cordones,
y encréspala en tus escudos.

Diez siglos caen en vellones
sobre tus niños desnudos.
Vuela el águila, y tu plaza
-triángulo- ve en declive.
Lenta, sus círculos traza
y el triángulo en medio inscribe.

Atienza, tus campanarios,
torres casi vegetales,
crecer querrían leales,
pero no alcanzan los nidos
caudales
que esconde itinerarios
en ovillos, dormidos.
Más altas van tus almenas.
Huid, sombras agarenas.

Cuatro enemigos paisajes
frente a frente,
dominas, cuatro tatuajes
que el ojo cerrado miente
-Atienza, adiós- todavía.
Adiós, flor de los cristianos.

Del Cid fuiste y ya eres mía.
Yo he de volver otro día
a tocarte con mis manos.

NOTAS

1 J.A. Pérez-Rioja: La Literatura Española en su Geografía. Madrid, Edit. Tecnos, 1980, p. 389.

2 A. Fernández Pombo: Pueblos de Guadalajara y Soria. Madrid, Edit. Azur, 1972, p. 39.

3 J. Ortega y Gasset: Tierras de Castilla. Notas de andar y ver, en *Obras Completas+, Tomo II, Madrid, Alianza Editorial, 1983, pp. 43-44

4 J.M. Alonso Gamo: Guadalajara, en *La España de cada provincia+. Madrid, Publicaciones Españolas. 1964, p. 277.

5 Gloria Fuertes: Obras incompletas. Madrid, Cátedra, 1975, pp. 46-47.

6 Seudónimo de Miguel Alonso Calvo

7 Leopoldo Panero: Obras Completas. Vol. I. Poesías. Madrid, Editora Nacional, 1973, pp. 443-444. El poema reproducido apareció impreso antes en *Cuadernos Hispanoamericanos+, Madrid, 1960.

8 M. de Unamuno: Poemas de los pueblos de España. Edición de Manuel García Blanco. Madrid, Biblioteca Anaya, 1961, p. 128.

9 E. Díez-Echarri y J.M. Roca Franquesa: Historia de la Literatura Española e Hispanoamericana. Madrid, Edit. Aguilar, 1972 [20 ed.], pp. 262 y 269 (nota 1)

10 Vid R. Menéndez Pidal: Antología de prosistas españoles. Madrid, Publicaciones de la *Revista de Filología Española+, 1932 [60 edic.], p. 210.

11 Gaspar Gómez de la Serna: Castilla la Nueva. Barcelona, Edit. Destino, 1963.

12 C.J. Cela. Viaje a la Alcarria. Barcelona. Ed. Destino, 1976 [160 ed.] p. 209. Sobre Moratín y Pastrana, en Revista de Literatura, Madrid, C.S.I.C., tomo XVIII, n1 35, pp.3-32.

13 Cfr. J. Montero Padilla: Leandro Fernández de Moratín: la vida del hombre y una comedia, en *Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, XXXIX (1963), pp. 180-194.

14 Vid. José Esteban: Guadalajara en la obra de Galdós. Madrid, Ediciones Almarabú, 1985.

15 Vid. Azorín: El paisaje de España visto por los españoles. Madrid, Caro Raggio editor, 1923, p. 10 y ss.

16 El texto lo publicó, en España, Julio Puyol, en el Boletín de la Real Academia de la Historia (1924).

17 Reproduzco el texto del libro Viajes por España. Selección de José García Mercadal. Madrid, Alianza Editorial, 1972, p. 89.

18 Reproduzco del libro ya citado Viajes por España, p. 287

19 Reproduzco del libro Viajes por España, ed. cit., pp. 403 y 404.

20 B. Pérez Galdós: Las tormentas del 48, en Obras Completas. Episodios Nacionales, tomo III, pág. 522. Madrid. Edit. Aguilar, 1971.

21 G. Gómez de la Serna: Ob. cit.

22 J. Ortega y Gasset: Ob. cit., p. 45

23 J. Ortega y Gasset: Ob. cit., p. 44

24 J. Ortega y Gasset: Ob. cit., p. 45

25 J. Ortega y Gasset: Ob. cit., p. 46

26 A. de Foxá: O.C., T. II, p. 76

27 Hernando del Pulgar: Crónica de los Reyes Católicos. Ed. y estudio por J. de Mata Carriazo. Madrid, Espasa-Calpe, 1943, tomo II, págs., 237-239.

28 R. Menéndez Pidal: Algunos caracteres primordiales de la Literatura española, en *Historia General de las Literaturas Hispánicas+. Barcelona, 1949, tomo I, pp. XIII-LIX.

29 J. Ortega y Gasset: Ob. cit., p. 46

30 Cfr. Gregorio Sánchez Doncel: La Catedral de Sigüenza, Madrid, 1960, y J.A.Martínez Gómez-Gordo: El Doncel de Sigüenza, Sigüenza, 1988 [20 edic.]

31 Fray Luis de Granada: Introducción del Símbolo de la Fe. Edición de José María Balcells, Barcelona, Edit. Bruguera, 1984, pág. 266.

32 J. Ortega y Gasset: Ob. cit., p. 47

33 A. Castro: *Muerte y belleza. Un recuerdo a Jorge Manrique+ en Semblanzas y estudios españoles. Princeton, N.J., 1956, pp. 49-50.

34 J. Montero Padilla: Literatura, en el libro Cantabria. Madrid, Edit. Mediterráneo, 1992, pp. 169.

35 Reproduzco el poema de la antología España en su poesía actual, selección, prólogo y notas de J. Van-Halen. Madrid. Edit. Doncel, 1973, págs., 180-181.

36 Vid. P. Romero Mendoza: Don Juan Valera. Madrid, Ediciones Españolas, 1940, págs. 21-24 y 38. Vid. asímismo, Manuel Azaña: Ensayos sobre Valera. Madrid, Alianza Edit., 1971, pp. 28-29.

37 C.J. Cela: Viaje a la Alcarria. Ed. cit., pp. 205-206 y 215-220. Vid. también Alejandro Fernández Pombo: Ob. cit., p. 29 y ss.