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Estrella Busto Ogden
José Antonio Rico Ferrés
Villanova University. U.S.A.
LA RUTA DEL TAJO EN EL RÍO QUE NOS LLEVA
Actas del II Congreso Internacional de Caminería Hispánica. Tomo III, pp. 479-484

El río Tajo se impone con fuerza de protagonista desde las primeras páginas de la novela El río que nos lleva de José Luis Sampedro, quien a través de los ojos del narrador nos ofrece una descripción muy dramática de esta gran corriente fluvial:

...el alto Tajo no es una suave corriente entre colinas, sino un río bravo que se ha labrado a la fuerza un desfiladero en la roca viva de la alta meseta. Y todavía corroe infatigable la dura peña saltando en cascada de un escalón a otro, como los que han dado nombre a aquella hoz. Sí, el esfuerzo del río continúa: lo demuestra el aspecto caótico de obra a medio hacer, con los desplomes de tierra al pie de los acantilados, las enormes peñas rodadas desde lo alto hasta en medio del cauce, la rabia de las aguas y su espumajeo constante. El río bravo sigue adelante, prefiriendo la soledad entre sus tremendos murallones, aislado de la altiplanicie cultivada y de sus gentes, para que nadie venga a dominarle con puentes o presas, con utilidades o aprovechamientos. Los pueblos le huyen, asustados por las bajadas al barranco y temerosos de las riadas. Apenas los pastores y los trajinantes se le acercan por necesidad. Sólo los gancheros se atreven a convivir con él, y aun así parece encabritarse para sacudirse los palos de sus lomos y enfurecerse más aún contra los pastores del bosque flotante. (1992:42)

Es el río Tajo el hilo que entrelaza no sólo los troncos de la maderada sino la vida de los diversos personajes de esta novela, hombres de procedencia y personalidad muy diversa a quienes el destino ha querido reunir en un punto geográfico perdido en la sierra, cerca de Peralejos de las Truchas y más específicamente en la hoz de la Escaleruela, una de las más trabajosas que tendrían que salvar los gancheros.

Con los gancheros asistimos al último recorrido de la maderada que quedaría suplantada por los camiones que más tarde se ocuparían del traslado de los troncos por carretera. Entre el grupo de gancheros se destacan junto al Americano, maestre del río y responsable de la conducción, hombres muy jóvenes como Lucas que, sin otra alternativa, se ve obligado a adoptar este oficio, Dámaso, personaje conflictivo a quien le atribuyen sus compañeros poderes diabólicos o mágicos ya que con su aguda intuición puede ver el futuro, el Seco, con su carácter impulsivo, el Galerilla, que se une al grupo todavía niño y comparte sus experiencias, el Chepa, con su pronunciada joroba, Benigno, déspota y malvado, que al final recibe su merecido castigo a manos de Dámaso, don Pedro, Cecilia y otros personajes secundarios que participan de una forma u otra en la vida de los personajes que se imponen con más relieve: Roy Shannon, el irlandés que volvía de Italia después de la guerra y se dirigía a Zaorejas, pensando cruzar el Tajo a la mañana siguiente y seguir a Molina; Paula, la mujer que le lleva a cambiar su rumbo y Antonio, el Encontrao, que a su vez cambiará el destino de Paula, obligándole a torcer de rumbo lo mismo que el Tajo lo tuerce más al sur de Trillo en su camino hacia Aranjuez. Ocentejo es el sitio del encuentro y desde ese mismo instante su destino lo determinará la misma fuerza que empuja al río aguas abajo o la savia que empuja desde dentro, "la que llamamos sangre y la de las piedras que viven con la vida de todo el universo". (1992:132). Así, Paula se adentró por un arroyuelo arriba en busca de una fuente próxima y al ver al Encontrao que la miraba de manera turbadora quiso plantarlo pero su destino estaba determinado y él le dice y repite decidido: " -Ya te lo he dicho: llevamos el mismo camino... Vengo mandado por el jefe de la maderada... Ya ves; tenía que encontrarte". (1992:139). Desde ahora, si bien tienen que mantener en secreto su pasión pues así se había acordado de antemano, ya que siendo Paula la única mujer en el grupo no podía ser para nadie, ellos seguirán unidos su camino río abajo con la maderada.

Es interesante notar que ya en las culturas más antiguas se distinguen las "aguas superiores" de las "inferiores", correspondiendo las primeras "a las posibilidades aún virtuales de la creación, mientras que las segundas conciernen a lo ya determinado". (1979:54).

Muy diferente fue el encuentro de Paula con Shannon,

personaje mucho más equilibrado, más profundo, que lucha por forjarse su propio destino y por encontrar algo que le de sentido a su vida. Sirve de contrapunto al Encontrao y rompe con el fatalismo inicial: "Todo estaba dispuesto en la sierra fría. Allí esperaban -ignorando, pero puntualmente- al acecho de Shannon. Todos: el hombre que serviría de cebo, la mujer envuelta en sombra, el animal encargado de extraviarlos hacia su destino". (1992:13). Al encontrarse inesperadamente con Paula que llevaba a uno de los gancheros herido a un pueblo cercano decide acompañarla en su regreso hacia el río, pues )qué le importaba a él un camino u otro? El camino se hacía cada vez más áspero y pedregoso hasta que finalmente llegan muy abajo: "En lo hondo está el río -murmuró ella-...-Bajando lo hallaremos- -tranquilizó Shannon-. Andando hacia abajo se encuentran los ríos".(1992:20).

Era invierno y al otro día ya le esperaban a Shannon experiencias nunca imaginadas:

 

Le despertó el frío y entreabrió los ojos. Los abrió del todo, incrédulo: un hombre andaba por el río. Sí, tranquilamente, sobre las aguas, avanzando entre los últimos jirones de niebla. Shannon se incorporó estupefacto, creyendo que aún soñaba, y lo comprendió al punto. El hombre pisaba sobre los troncos flotantes. Shannon apartó la manta, donde la escarcha blanqueaba todavía, y se puso en pie.

Todo el río estaba entarimado por los largos maderos, pinos enteros descortezados. El hombre cruzaba ágilmente de una orilla a otra, apoyándose de cuando en cuando en una vara terminada en gancho. El paraje era angosto y la corriente rápida; los troncos se encabalgaban. Un enorme árbol atravesado retenía a los demás y dejaba ante él un verdoso espacio de agua turbulenta. El hombre apoyó su gancho en un extremo del tronco, deshizo el atasco y todo el rebaño de palos siguió avanzando. (1992:29)

 

Shannon admiraba la eficacia de los gancheros: el Americano mandaba la cuadrilla de punta, la primera de toda la maderada y preparaba los adobos para salvar los obstáculos; a lo último iba la compañía de "zaga" procurando no dejar troncos perdidos y en el medio iba el resto de los gancheros pero a todos los mandaba el maestre del río, último responsable de la conducción:

 

De un golpe seco, el Americano clavaba el gancho, enderezaba el tronco y aceleraba su marcha hacia el resbaladero. Allí el Dámaso le daba el empujón decisivo hacia la rampa. Abajo resonaban los choques y salpicaduras de la caída, el golpeteo de unos maderos con otros, y el constante rumor del río despeñándose. (1992:38)

 

Shannon no era ganchero pero ya había probado los ríos en Italia y decide unirse al grupo en la región del Alto Tajo, donde hoy encontramos algunas de las rutas turísticas más hermosas de España con pistas forestales paralelas al río. Desde Peralejos de las Truchas hasta Poveda de la Sierra o desde Huertapelayo hasta Zaorejas remontando por el barranco de las Piedras de la Hoz podemos admirar una naturaleza que ofrece una belleza fuera de lo común pero que presenta una serie de dificultades que sólo pueden salvarse con una preparación física o con la ayuda de manos expertas.

Después del capítulo introductorio en el que Shannon encuentra a Paula y se une a la maderada Sampedro divide la novela en tres partes: Kan, Tchan y Li, nombres tomados del I Ching o Libro de las Mutaciones usado por los chinos desde los tiempos más remotos para explorar el sentido de las relaciones humanas y relacionarlas con los ciclos del cosmos. Es invierno en la primera parte y el camino va desde La Escaleruela hasta Ocentejo. En esta trayectoria el autor incluye un lugar ficticio, Oterón, a donde llegan a tiempo para la procesión del Viernes Santo. En este paraje ideal visita Shannon las ruinas de un castillo, con su jardín bíblico y escucha el sermón del cura del pueblo que le induce a la meditación y a la introspección. El camino desde Sotondo a Zorita de los Canes queda trazado en la segunda parte de la obra; es la primavera o ciclo de renovación cósmica. En Sotondo se celebran fiestas populares y la corrida de toros que es un ritual mítico de vida y muerte y supone el nudo de la intriga al aparecer fuerzas negativas (Don Benigno y sus hermanas que perseguirán a Paula y a Antonio, el Encontrao).

Ya en Azañón los hombres del río comentaban sobre la fiesta de Sotondo y empezaron a contarse sus aventuras amorosas para acabar contándose sus enredos con la justicia. Todos según dice Dámaso tienen algo que ocultar, excepto los muy jóvenes porque no han tenido tiempo todavía.

Siguiendo el camino llegarían pronto a Trillo "donde el río torcería su rumbo todavía más al Sur, hacia los vergeles cortesanos de Aranjuez, meta de la maderada, y luego la infinidad atlántica de Portugal". (1992:214).

En La Esperanza, cuando los gancheros bajaron al río, Shannon vio a un niño jugando con una vieja moneda que resultó ser un as romano de bronce, con una efigie y un toro:

 

-Lo encontré ayer ahí mismo -le dijo el chico. Sí, los romanos se habían bañado ya, dos mil años atrás, en las termas del Tajo. Dos mil años, y todo seguía lo mismo, pensó Shannon contemplando el paisaje, la arquitectura rudimentaria, la actitud primitiva de las gentes. (1992:258).

 

Es en este sitio que Paula le revela a Shannon la causa de su amargura y el sentimiento de culpa que la invade a causa de la muerte de su hijo que al nacer después de haberla abandonado el padre fue echado a los cerdos por su madre y su tía. Paula desesperada fue a parar a la maderada. En la ermita de La Esperanza creyó Shannon que podría establecer una relación con Paula pero se da cuenta de que ella se mostraba cada vez más distante. Así y todo Shannon la descubrirá como su igual porque él también llevaba dentro una culpa, había matado, aunque en la guerra, y sentía la misma inquietud que Paula, de modo que se atreve a proponerle que se quede con él: "tú harías de mí un hombre entero, de tierra y de piedra, como el Americano o como el Seco. (1992:272). Pero Paula lo rechaza y Shannon se alejó río arriba.

Al pasar la maderada por Entrepeñas se encuentran con el equipo de picadores para las obras iniciales del embalse que se haría en aquel paraje elegido siempre para las más antiguas barreras del río por las excepcionales posibilidades de la estrecha garganta. Allí hubo aceñas árabes, quizás sobre otras romanas, molinos medievales, y luego batanes trabajando para las pañerías de Pastrana y de Brihuega. Ahora se trataba de subir el dique y crear un lago artificial que llegase hasta Durón o más arriba. Todo esto hacía imposible el paso de los palos en la lenta corriente del agua represada pues a causa de las obras, el cauce estaba lleno de piedras y tierra. Mientras los gancheros exigían con violencia que les limpiaran el canal apareció un fraile manso, sonriente y menudo, como brotado de la tierra. Llevaba el hábito pardo de San Francisco y venía acompañado por otro fraile que traía una bolsita de pedir en una mano y un bastón de caminante en la otra. El frailecito más pequeño siempre sonriendo pidió que amasen a las piedras, que son corderos, corderitos de Dios y acto seguido asió la rueda que no cedía a los forzudos gancheros y levantó la compuerta ante el asombro de todos. Se llamaba fray Justino.

El Tajo atraviesa la serrezuela de Sacedón y se une al Guadiela que se precipita de frente:

Juntos ya, y rebramando aún con la fuerza del encuentro, terminan de romper la serrezuela y se arrojan por el salto de Bolarque hacia las llanuras carpetanas de la baja Guadalajara, anticipo de las toledanas y extremeñas.
El Tajo se despide así de su curso alto con uno
de sus mayores despeñaderos. (1992:327).

Ya es verano en la tercera parte de la obra, Li, que es el fuego, el sol ardiente. Se completa la trayectoria de la maderada y llegan los gancheros a Aranjuez. El maestre hace su entrada triunfal, como un gondolero, subido al pino que flotaba y que finalmente arrastró la corriente a toda velocidad. Después de recibir las felicitaciones de todos observó como los gancheros metían los palos por el canalillo y los conducían a lo largo del Jardín de la Isla hasta el lugar donde las yuntas y los sacadores esperaban para terminar la faena.

Mientras todos participaban de la euforia del descenso del maestre Paula había ido al encuentro de Benigno queriendo proteger la vida de Antonio, el Encontrao. Al notar su ausencia, el Americano, Antonio y Dámaso fueron a su encuentro y al ver que estaba con Benigno y que éste sacaba su pistola corrieron a rescatarla. Hubo dos detonaciones y el Americano cayó a plomo, contra la tierra, como si ésta le llamase. Dámaso le clava el gancho a Benigno, que muere como merece y Paula y Antonio arrodillados al lado del Americano se dejarán arrastrar por su destino, por la misma fuerza que seguirá empujando al Tajo en su camino.

Shannon, sin embargo, no llega al final del recorrido. En Mazuecos le vemos en toda su entereza y determinación cuando salva la vida del Galerilla que parecía ahogarse sin remedio en el río: "Aquello no era un problema de ideas secretas o de símbolos; era una simple cuestión de vida o muerte". (1992:366). Aquí está expresada la lucha del hombre contra el hado que inviste a éste de dignidad, como explicita Séneca en su carta a Lucilio: "En verdad una fuerza divina actúa en él..". (1982:94). Esta fuerza es la que le da al hombre su libertad, y por eso afirma Shannon que para llegar al blanco de la luna hay que pasar antes por el rojo del fuego. Shannon que llegó a la maderada a causa de un herido se ve obligado a abandonarla cuando él mismo tiene que quedarse en casa de don Pedro, herido e inmovilizado en cama después de haber salvado la vida del Galerilla.

Ahora, en aquel sitio apacible "era cuando mejor contrastaba Shannon la fuerza telúrica del mundo fluvial en que había vivido tantas semanas, sobre todo contemplando desde la altura de su renacimiento". (1992:376). En El Regolfo, como en Oterón, espacios geográficos inventados por el autor, Shannon reflexiona sobre su destino y trata de descubrir los verdaderos valores que le den sentido a su vida. Shannon pensaba en su vida futura: ¿Qué será el retorno a la corriente de este río que nos lleva? ¿Cuándo se alzará la compuerta y arrastrará mi cuerpo a seguir deshaciéndose entre las piedras del molino de la vida?" (1992:424). No pasaría mucho tiempo sin encontrar una respuesta, le citaban a declarar como testigo de los incidentes de Sotondo. La nota, los plazos, la organización le sacaban del regolfo:

 

Y el río se despeñó, llevándose a Shannon en su torbellino hacia la corriente impetuosa, un instante detenida como para recobrar el aliento, antes de seguir adelante con mayor violencia(1992:425)

 

Shannon seguirá adelante forjándose su propio destino, su ciclo no se cierra como no cierra el autor los ciclos de los eventos de la naturaleza al no incluir el otoño en lo que podría ser la cuarta parte de la obra. Es obvio que Shannon igual que el río se forja su camino y tan cerca como Emerson de la naturaleza diría con él: "Nuestros destinos son el resultado de nuestra personalidad". (1982:92).

BIBLIOGRAFÍA

Cirlot, Juan-Eduardo. Diccionario de símbolos, Barcelona: Editorial Labor, 1979.

Jung, Carl G. Símbolos de transformación, Barcelona: Paidós, 1982.

Sampedro, José Luis. El río que nos lleva, Madrid: Alfaguara, 1992.

Wing, R. L. The I Ching, New York: Doubleday, 1979.